La semana pasada, por cuestiones institucionales, estuve con varios de mi especie. La experiencia siempre es extraña, más extraña cuando alguien que no corresponde a mi círculo o que no me conoce me calcula menos edad – a veces mucho menos – de la que en realidad tengo. Esto es una molestia porque siempre da pie a bromas indeseadas y medio brutas. Pero a todo se acostumbra uno. Ese día no solo acabé con trece años menos, también con vino en mi falda, por eso me di a la huida con un amigo que hacía mucho no veía y que no me había dado cuenta de que extrañaba hasta que pasé más de diez minutos con él. Claro que como pésima amiga que soy, no he ido a visitarlo.
Esa noche acabé en una fiesta de disfraces, sin disfraz, súper cansada y cantando a Shakira porque no me sé otras canciones completas. Pero estuvo muy bien, hace mucho que no salía y agradezco infinitamente que me hayan sacado de la rutina de trabajo-tarea-dormir-trabajo-tarea-etc. Claro, no podía faltar dentro de la conversación “tu no naciste en ese año, acabas de sacar la cuenta” y “no se vale ponerse años” ¿qué mujer se ha puesto años?
Al siguiente día fui al cine porque están pasando el festival de Morelia en conocida cadena y había una que me había llamado la atención. Fui a ver La piel que habito… me tomó una hora, porque el cine no se había dado cuenta que en el paquete que les mandaron olvidaron precisamente esa. Y una plática extraña con un chico que, estoy segura, ha leído mucho sobre cine, visto muchas películas y lo mamón, seguro se le quita con la edad. También creyó que como él, yo nací en los ochentas ¡iluso! Extrañamente, cuando la película llegó al cine, se fue.
La piel que habito ha recibido buenas críticas, aunque hay quien no entendió los personajes o la historia le pareció un collage sin sentido. A mí me gustó, me pareció exquisitamente extraña y mi espera valió la pena. Si alguien quiere ir cuando la estrenen, que será a fin de mes, yo los acompaño.
Afortunadamente fue fin de semana de trabajo en equipo y como sabía que terminaríamos pronto, el domingo me fui a San Ildefonso con Mentiroso. Tenía ya un tiempo que no lo veía y lo extrañaba así que me lo llevé a ver a Ron Mueck y le gustó. Platicamos mucho, como siempre, y acabamos en La Lagunilla viendo teléfonos de disco que me encantan y cámaras fotográficas que le encantan. No compramos nada, pero fue útil saber qué se le puede regalar al Clerge si uno ocupare.
Estuve de un inusual buen humor, tan bueno, que preferí no decir nada para no molestarme con cualquier nimiedad, que es mi especialidad. Acabamos hablando de relaciones, es nuestro tema favorito. Nos fascina cómo nos comportamos frente a otros y como otros se comportan, los consejos que nos piden y cómo vemos que cometen grandes errores que no están dispuestos a aceptar. Me decía de una amiga suya que estaba harta de su ex pero parecía no querer realmente que la dejara en paz; yo le dije que muchas veces aceptamos atención que no deseamos antes que vernos solos. Muchos lo hacemos, pero estuvo de acuerdo conmigo en que si decidimos que eso queremos, no nos quejemos de la atención que provocamos.
Lo mismo, no hay porqué crear una expectativa cuando realmente no la deseamos. Decir te extraño y no recibir respuesta a la pregunta ¿cuándo nos vemos? Es odioso. En esta era de comunicación digital, impersonal, intemporal, confieso que cuido qué le digo a la gente: como cuando insultamos en otro idioma que no es el nuestro, podemos escribir muchas cosas sin realmente sentirlas. De quienes no son amigos míos en la realidad, pero quieren serlo en el mundo virtual, mejor ni hablo.
¿Seré muy gruñona con la tecnología y las relaciones humanas? ¿Seré muy gruñona ante las relaciones humanas?
*Si alguien se preguntara porqué ando dando el rol con Mentiroso, les voy a decir, nomás para que no me anden preguntando y extrañándose tanto: porque después de estar tan enojada con él, me desenojé y no puedo negar que es uno de mis más grandes amigos.