Escándalo

hace tres días salió un reportaje con una noticia sensacional, una noticia que ha indignado al país, que ha roto fronteras, que es una mamada.

Sí es una mamada. Resulta ser que “la periodista más importante de México” (usted sabe quien es) descubrió que el presidente de la República plagió el 28% de su tesis… de licenciatura. DE LICENCIATURA, esto es importante.

¿El plagio es malo? Definitivamente ¿debería no importarnos? No, está bien que nos importe ¿deberíamos escandalizarnos? Eso depende de muchas cosas ¿deberíamos apoyar la moción de retirar el título de Licenciado en Derecho al presidente? ¿deberíamos pedir cuentas contantes y sonantes a la institución que lo graduó? estas son preguntas más interesantes.

Casi todos en México hacíamos tesis, y digo hacíamos porque ya hay una gran variedad de modalidades de titulación, dependiendo de la institución educativa a la que pertenezcamos. Yo sugiero, primero, recordar en qué año se graduó el presidente: 1991; en ese momento no había las herramientas con las que contamos ahora: hoy con una sola frase podemos saber de dónde son los párrafos que nuestros alumnos copian alegremente de algunas páginas. En 1991 no había eso, bueno, ni en el 2001 año en el que yo me gradué. Por esta razón hay que tomar en consideración que aunque haya revisores de tesis, muy pocos podrían saber de memoria los párrafos que se han copiado de alguna obra. Eso no demerita el trabajo de los profesores.

Hay una anécdota lindísima de cuando mi hermana estaba en secundaria, le piden un ensayo y ella, listilla, copia la introducción que había escrito un entendido sobre la obra en cuestión. El intelectual, de quien se me escapa el nombre, sacó 9 ¿podemos decir que la maestra de mi hermana era mala? No, tal vez se le pueda acusar de que no se dio cuenta de que el vocabulario del ensayo no era el vocabulario de una niña de secundaria, pero no podía saber mucho más. Por eso me parece que lo que pasó con los asesores de la Universidad Panamericana pudo ser un error de metodología, no necesariamente dolo o estupidez.

La universidad dice que graduó a un alumno que había cumplido con todos los requisitos para graduarse y es verdad. Nos guste o no así fue, porque, una vez que se aceptó su tesis y la defendió frente a un sínodo y éste lo aprobó, cumplió con el requisito. Si acaso deberían estar buscando a su asesor de tesis y a su sínodo y fincarle responsabilidad a ellos, lo cual también me parece injusto, por lo que ya mencioné.

Ahora bien, mencioné que era de licenciatura, porque eso también es relevante: ninguna tesis de licenciatura ha descubierto el hilo negro. Va a haber quienes digan que ha habido políticos que renuncian luego de que les encuentran un plagio, sí y eran plagios de tesis de doctorado. En los estudios de doctorado a uno lo enseñan a investigar y la investigación debe ser original, en licenciatura no. Es mucho más grave y relevante el que alguien plagie su tesis de doctorado que la de licenciatura. No digo que no sea malo, es malo, pero hay que dimensionar.

La nota de la periodista tiene poco rigor y si es lo peor que le pudo encontrar al presidente, es de pena.

 

de Ginísima Persona

Jodida

Hace dos días publiqué una nota que me llamó la atención: se refería al lanzamiento de la línea de artículos decorativos para el hogar de Martha Debayle. Fue muy interesante porque lo primero que leí fue la frase que se ha hecho famosa o lo fue por unas horas: “yo no hago radio para gente jodida”. Claro que en la nota que leí incluyeron “trabajo para gente de dinero”… eso nunca lo dijo; fue una interpretación mañosa de quien escribió la cabecera y el artículo.

Ante semejante cabeza nadie, o casi nadie, se molestó en leer la nota o escuchar el audio que venía en ella. Más que eso me asombró muchísimo que se tomara como el que esa declaración fuera un ataque o una manera de querer que todos pensemos como ella. O que comercialice con la carencia… probablemente es una mujer privilegiada y por lo tanto habla desde lo que conoce ¿es suficiente para atacarla de manera virulenta? Yo también soy privilegiada y algo que me enseñó mi primer marido, quien también lo es, fue a no disculparme por eso ¿por qué me voy a disculpar? Tuve una vida privilegiada gracias a mis papás y espero que ahora mi hijo tenga una así también. Ah, pero es que ella es una Somoza, del dictador nicaragüense, así que creo que esa es razón suficiente para el infierno le guarde un lugar especial. No importa en quién se haya convertido, para bien o para mal. Si es para mal, mejor… ¿dónde es que guardábamos la estaca?

Pero me desvío. Me impactó mucho cómo se le daba tantísima importancia a sus declaraciones y a su mensaje, tal vez porque es una comunicadora con mucha influencia a pesar de que haya a quien le parezca, incluso, ridícula, clasista, etc. No sé me sentí triste ante tanto descontento, me hizo sentir incómoda, principalmente porque hubo quien comentó algo como “No sé qué dijo pero…” y la mordida ¿en serio?

Me decepciona un poco todo el asunto. No sé, tal vez estoy mal y mi enfoque es pobre y mediocre… “jodido”.

 

de Ginísima Persona

La hora de la verdad

El Dr. y yo no somos precisamente jóvenes, así que llegó un momento en nuestra relación en la que cambiaba o se acababa ¿por qué? Muy simple: yo quería una pareja y si no la formaba con él, pues la formaría con alguien más.

Al principio no entendió qué era lo que yo estaba tratando de decirle, pero después de unas pláticas más iluminadoras quedó más claro cómo era que yo veía el futuro y la invitación clara a que él fuera parte de eso.

Así que después de un tiempito decidimos vivir juntos… ha pasado casi un año y ha sido muy interesante.

de Ginísima Persona

¿Con quién hablo?

He adorado a Jorge Ibargüengoitia desde hace años y, ahora que es Halloween, pensé en reproducir uno de sus artículos: se trata de un cuento de humor/terror de la vida real. A mi me causa mucha gracia y me pone a pensar si hay algo más allá de la muerte y si hubiera alguien que se comunicara conmigo quién sería y qué me diría.

Para noche de brujas:

¿Con quién hablo?

De Jorge Ibargüengoitia

Leí en el papel las letras mayúsculas escritas a mano:

“m v o r t s g h o r o

x a n a c v w r j i p

f u c a d s g …” etc.

Gilberto Sullivan me miraba con impaciencia.

–¿Entiendes lo que dice? –preguntó.

–¿Mvortsghoro o fucadsg?

Me quitó el papel y señaló las letras que estaban al final del primer renglón y al principio del segundo.

–Aquí dice “Roxana”.

Era la transcripción parcial de los resultados de la primera sesión de espiritismo, a la cual no asistí. Gilberto Sullivan había llegado un medio día a mi casa, me había mostrado el papel y relatado lo que había ocurrido la noche anterior. Varios amigos se habían reunido en el departamento de León y Salka Jitchkov y, sin muchas ganas, casi por aburrimiento, habían improvisado una ouija. Habían escrito las letras del alfabeto en pedacitos de papel, las habían puesto formando una circunferencia sobre una mesa para café, habían agregado otros dos pedacitos de papel con las palabras “sí” y “no”, habían puesto sobre la mesa, boca abajo, el vasito más ligero que había en la casa, sobre el cual dos de los concurrentes habían colocado las yemas de dos dedos, apenas tocándolo, hasta que el vaso, sin que nadie lo empujara, había empezado a deslizarse sobre la mesa y llegado hasta las letras. Habían apagado la luz eléctrica, encendido una vela y hecho la transcripción que teníamos enfrente.

–Berta me envió un mensaje –dijo Gilberto Sullivan.

Berta, su esposa, había muerto dos años antes.

–¿Qué te dice? –pregunté.

–No se entendió claramente.

Además de Roxana, habían estado en contacto con otro espíritu, llamado “Mening”, que les había prometido “manifestarse” la noche siguiente, es decir esa noche.

–¿No quieres ir?

Dije que no. En parte por incrédulo, pero sobre todo por celos sociales: me molestaba que mis amigos se hubieran reunido en casa de León y Salka sin invitarme.

En la segunda sesión, que Gilberto me describió al día siguiente, ocurrieron fenómenos inexplicables. Mening cumplió lo que había prometido y se manifestó varias veces. Pidió que apagaran la vela, que se pusieran de pie y se tomaran de las manos hasta formar un círculo, que caminaran de lado hasta completar una vuelta y que luego se soltaran y guardaran silencio. Al cumplir con estas instrucciones oyeron, en una ocasión, voces extrañas, que provenían de un librero, que parecían quejarse en un idioma ininteligible; en otra, un ruido que les pareció sobrenatural y que resultó ser el que hacían todas las llaves del agua que había en la casa, que un instante antes habían estado cerradas, chorreando a toda capacidad. La tercera manifestación fue la más impresionante: Mening la había anunciado para las dos de la mañana en punto: ellos apagaron las luces, hicieron la rueda, giraron, se soltaron, guardaron silencio y no pasó nada. Cuando cada uno pensaba que no iba a haber manifestación, dice Gilberto que sintió “que había una presencia” a su espalda.

Dejó su lugar en el círculo y procurando no hacer ruido fue a la puerta del departamento y la abrió. Frente a él, en el pasillo iluminado, había una figura de mujer.

Varios gritaron aterrados, inclusive la mujer que estaba en el pasillo, que era la criada de León y Salka, que había tenido el día libre, regresaba a la casa muy tarde y estaba desde hacía un rato con la oreja pegada a la puerta, porque al ver la rendija se había dado cuenta de que la sala estaba a oscuras y sin embargo oía adentro ruido de pasos y de gente que se movía.

Decidí asistir a la tercera sesión y a todas las que siguieran.

Como suele ocurrir cuando tiene uno esperanzas de ver algo notable, esa noche no ocurrió nada extraordinario.

–Hubieras venido ayer, cuando oímos las voces –dijo Salka, que era la más perturbada.

Logramos contacto varias veces con Roxana, pero después de deletrear su nombre, el vasito se iba deteniendo en letras cuya secuencia no tenía ningún sentido, s m o r v d r o r, por ejemplo.

–Pregúntale si quiere decir “smorgasbord” –dijo David Jitchkov, hermano de León.

–¿Quiere decir “smorgasbord”? –preguntó, con los ojos cerrados, Horacio Recto, uno de los que estaban moviendo el vasito.

El vasito se desvió abruptamente y fue a parar encima de la palabra “no”.

Cambió la pareja que ponía los dedos sobre el vasito y cuando éste empezó a deslizarse muy lentamente, Olga Felegrini, que en tres noches de aprendizaje había adquirido un tono profesional, preguntó:

–¿Hay alguien aquí presente?

“Sí.”

–Dinos tu nombre.

“No.”

–¿Eres hombre o mujer?

e l l a.

–Es mujer –dedujo en voz alta Miriam, la esposa de David Jitchkov.

Ignorando esta interrupción, Olga preguntó:

–¿Tienes algún mensaje para alguno de los que aquí estamos?

“No.”

–Pregúntale si podemos hacerle preguntas –sugirió Salka.

Olga hizo la pregunta y el vasito dijo “sí”.

Hubo un momento de confusión, porque nadie se había puesto a pensar qué cosa se le puede preguntar a un espíritu. Hubo sugerencias: que cuántos años tiene, o que cuántos años tiene de muerta, o qué edad tenía cuando murió, o de qué se murió, etc.

–¿Cómo es el más allá? –preguntó, de motu proprio, Olga Felegrini.

i g u a l q u e a c a.

A pesar de respuestas como esta, a la mayoría de los asistentes nos pareció fascinante la sesión. Aunque los mensajes fueran indescifrables o completamente banales, en la ceremonia que hicimos había algo, si no sobrenatural, cuando menos fuera de lo común. Yo sentí –o creí sentir– que mis dedos apoyados levemente sobre el vaso, sin aplicar ninguna fuerza, lo hacían deslizarse sobre la superficie de la mesa hasta llegar a una letra y luego a otra, y a veces la sucesión de estas letras formaba una palabra. ¿No era esto suficientemente notable? Estábamos en comunicación con… algo.

Nos reuníamos todas las noches. A veces sin resultados, otras, ocurrieron cosas francamente espectaculares. León Jitchkov, a pesar de ser el más escéptico del grupo, era el que tenía más suerte, o mejor disposición para mover el vasito: la mayoría de los contactos con Mening o con Roxana ocurrieron cuando él era uno de los operadores. En cambio, Gilberto Sullivan, Salka y yo, que estábamos convencidos de estar en contacto con los espíritus, teníamos mala influencia y nuestras intervenciones generalmente inmovilizaban el vasito o bien lo hacían formar palabras sin sentido. Pero no era cuestión de convencimiento, porque Horacio Recto y Mario Felegrini, que tenían fe, eran buenos médiums. No recuerdo qué efecto tenían sobre la ouija ni David Jitchkov, que era escéptico, ni Miriam su esposa, que era creyente. Olga Felegrini era excelente para tratar con los espíritus y hacerles preguntas con voz solemne; Ifigenia Trejo tenía, en cambio, una intuición notable para separar las palabras y predecir la siguiente letra en que iba a detenerse el vasito. Todos desconfiábamos de Salvador Trejo, porque era un cínico en la vida real y pretendía –sospechábamos– creer a pie juntillas que todo lo que ocurría en las sesiones era realmente sobrenatural. Gilberto Sullivan estuvo convencido, desde la primera sesión hasta la última, de que todos los mensajes recibidos iban dirigidos a él. Horacio Recto dejó de asistir a partir de la quinta o sexta sesión, porque empezó a tener experiencias sobrenaturales en su propia casa: un íncubo, nos dijo, se había metido en su recámara. Una noche, después de una sesión que nos pareció larguísima y especialmente aburrida, logramos contacto con un espíritu que dijo haber sido mujer y que al ser interrogado por Olga Felegrini respecto a su vida contestó:

f u i m a l a v e s t i d e r o j o.

Después de señalar estas letras, el vasito –no recuerdo quién lo movía– empezó a moverse con tanta violencia que se cayeron los papelitos y tuvimos que suspender la reunión. Otra noche Mening anunció que iba a manifestarse “por medio del agua”, pero a pesar de que tomamos las medidas de costumbre y repetimos las providencias varias veces, no pasó nada. Pero a la mañana siguiente, cuando Salka entró en el baño, encontró, parado en el tubo de la regadera, un canario. Salka dice que tuvo al principio un sobresalto, pero que se dominó y logró coger el canario y meterlo en una jaula vieja que tenía en la casa. El canario parecía muy tranquilo. Salka no sabía si estaba ante un canario común y corriente que se había metido accidentalmente por la ventila del baño, que siempre estaba abierta, o ante una manifestación de Mening que hubiera pasado inadvertida la noche anterior. El caso es que Salka dejó el canario en la jaula sobre la mesa de la cocina. Cuando terminó de arreglarse, regresó a la cocina y encontró la jaula vacía.

En otra ocasión nos reunimos en la casa de los Felegrini, que tenía piso de duela y una escalera en la sala que conducía a la parte superior. Las instrucciones que dio Mening esa vez para preparar su manifestación fueron diferentes: en vez de hacer la rueda tomados de la mano, deberíamos hacerla poniendo las dos manos sobre los hombros del que iba adelante, y dar tres vueltas en vez de una sola. Obedecimos. Al principio oíamos en la oscuridad los pasos de los ocho caminando sobre el piso de duela, pero a la segunda vuelta el ruido de los pasos se transformó hasta convertirse en una especie de quejido que, a mí, cuando menos, me pareció aterrador. Cuando encendimos la luz nos dimos cuenta de que habíamos estado caminando sobre azúcar granulada que alguien había regado en el piso. A la siguiente manifestación nos cayeron a varios, sin lugar a dudas, unas gotas de agua. A la tercera se cayó un biombo ruidosamente. A la cuarta, aparecieron unas letras ilegibles, pintadas con gis, en un cuadro antiguo. En un descanso que tuvimos, varios entramos en la cocina a comer algo y de pronto vimos que a Salvador Trejo “se le oscurecía el semblante”. Dijo:

–Miren.

Vimos que la puerta del clóset se abría lentamente, sin que nadie la empujara ni nadie la hubiera jalado.

En la segunda parte de la sesión logramos establecer contacto con Roxana. Pidió que Salka subiera al baño del primer piso y viera lo que había en la tina. Salka dijo que se sentía demasiado nerviosa y no quiso ir sola, por lo que Gilberto Sullivan se ofreció a acompañarla. Los vimos subir la escalera y caminar por el pasillo del primer piso y después no vimos nada, porque se apagaron las luces. A tientas busqué el camino hacia la entrada de la casa, en donde supuse que estaría el medidor. Cuando llegué al vestíbulo se encendió la luz. Allí, en efecto, estaba el medidor y Felegrini tenía la mano en el interruptor.

–Cabrón –le dije.

Él me hizo seña de que no dijera nada. Regresamos a la sala en el momento en que Salka y Gilberto Sullivan bajaban por la escalera. Parecían diez o veinte años más viejos: Salka se apoyaba en Gilberto, ambos caminaban lentamente.

–Felegrini apagó la luz –dije.

Todos se molestaron. Gilberto y Salvador Trejo le dijeron a Felegrini que por hacer una broma tonta había desvirtuado una serie de experiencias de lo más interesante.

Ni Salka ni Gilberto alcanzaron a ver si había algo en la tina, porque la luz se apagó en el momento en que descorrían la cortina de plástico y salieron del baño a oscuras. Salka se negó a subir otra vez. Otros subimos al baño y no encontramos nada en la tina, pero, después de todo, Roxana había pedido que Salka subiera, no que los demás subiéramos.

Decidimos hacer una pausa en nuestras sesiones y suspender la siguiente, porque todos, o casi todos, comprendíamos que nuestras relaciones con los espíritus –o lo que fuera– estaban afectando nuestras vidas considerablemente.

 

Durante esa temporada los días eran para mí no sólo llenos de luz, sino lógicos. ¿Cómo es posible, pensaba de día, que cuando alguien se muera se quede flotando por allí parte de la personalidad del difunto, sin otra función que la de asistir a reuniones de ociosos, hacer suertes –llamadas manifestaciones– y contestar preguntas que son completamente idiotas –igual que las respuestas? Pero se metía el sol y todo lo que me circundaba parecía lleno de amenazas y de significados ocultos.

Al día siguiente de la reunión en casa de los Felegrini pasé la mañana escribiendo y en la tarde fui al cine Latino. Cuando terminó la función y salí a la calle era de noche.

Caminé por Reforma hasta llegar a la esquina y di la vuelta en la calle de Génova. Avancé unos metros y me detuve. A tres cuadras de distancia, en la marquesina del cine Insurgentes, alcancé a leer, en letras rojas de neón:

r o x a n e

Fui hacia el letrero con una mezcla de curiosidad y temor. Al llegar a la taquería que estaba entonces enfrente del cine –esto ocurrió antes de que construyeran el Metro– me di cuenta de que lo que había visto era una casualidad rarísima, pero al mismo tiempo perfectamente natural: el letrero decía en realidad “próximamente”, pero se habían fundido los tubos de varias letras hasta quedar nomás Roxane. Acababa de hacer esta reflexión cuando me di cuenta de que debajo de la marquesina estaban los Trejo. Crucé la calle antes de que ellos me vieran y al acercarme me di cuenta de que estaban peleando.

–Ah, hola –dijo Salvador y me explico el motivo del pleito:

Ifigenia había aceptado una invitación a cenar con un grupo en el que había una mujer que, según Salvador, era lesbiana y pretendía seducirla. Salvador había entrado en el restaurante de chinos en donde los otros estaban esperando a que les trajeran la cena y había sacado a Ifigenia a jalones. Habían caminado dos cuadras discutiendo hasta detenerse debajo de la marquesina del Insurgentes. Ifigenia, que estaba complacida de haber sido objeto de tanto celo, dijo que tenía hambre.

–¿Ya vieron lo que dice la marquesina? –pregunté.

Volví a cruzar la calle con ellos, que tuvieron la misma reacción que yo al ver las letras de neón. Decidimos que era una casualidad demasiado rara para ser natural coincidir los tres en aquel lugar a esa hora debajo de un letrero que decía “Roxana” –o “Roxane” – y que urgía hacer otra sesión.

Fue facilísimo convocarla, porque los Felegrini estaban a dos cuadras, en un ensayo teatral, y León y Salka estaban en su casa. Aparte de esto no pasó nada. Fue la sesión más inútil que tuvimos.

La siguiente reunión –que estaba destinada a ser la penúltima– fue en casa de David y Miriam Jitchkov, que vivían en las Lomas. Después de una comunicación con Mening, a alguien se le ocurrió buscar ese nombre en la enciclopedia que había en la casa. David sacó el tomo de la M y lo estuvimos hojeando. No encontramos Mening, pero sí “meninge” y “meningitis”.

–Debe ser un mensaje dirigido a mí –dijo Gilberto Sullivan–. Meningitis es la enfermedad que yo he de tener.

Volvimos a la ouija. Al cabo de un rato, Mening nos pidió que buscáramos su nombre en la enciclopedia. A Pesar de que acabábamos de hacerlo inútilmente, David volvió a sacar el tomo y volvimos a hojearlo. –“Mening”, por supuesto, no estaba, pero tampoco estaba “meninge” ni “meningitis”.

Ver aquella página de la que habían desaparecido sin dejar huella dos textos que yo acababa de leer fue para mí la experiencia más inquietante que había tenido hasta entonces. Sólo aparecía “meníngeo: referente o perteneciente a las meninges”, ¿cuáles meninges?

Después, Mening anuncio que iba a manifestarse, pero en la calle. Salimos a la calle –afortunadamente era muy noche y nadie nos vio–, hicimos la rueda agarrados de la mano y dimos la vuelta y nos soltamos. La casa de David y Miriam estaba en una plazoleta a la cual desembocaban varias calles que bajaban de la loma. Vimos primero una luz lejana, oímos un ruido y luego distinguimos los faros y el motor potente de un coche que bajaba la cuesta a toda velocidad. Parecía un fenómeno sobrenatural, pero afortunadamente dos cuadras antes de llegar a donde nosotros estábamos el coche se desvió y tomó una calle transversal. Respiramos aliviados. Entonces nos dimos cuenta de que la luz del portal, que estaba apagada cuando habíamos salido a la calle, se había encendido. Esta manifestación nos pareció banal, comparada con la desaparición de dos palabras en la enciclopedia o el coche bajando la cuesta.

 

–¿Ya supiste la noticia? –me preguntó Salka cuando llegué a su casa al día siguiente–, León y David confesaron.

–¿Confesaron qué cosa?

Mientras Salka explicaba lo que había ocurrido fueron llegando los demás. Cuando terminó el relato estábamos presentes todos. Dijo Salka que al ver los efectos que las sesiones espiritistas estaban teniendo en algunos de los asistentes –Horacio Recto dormía en un cuarto lleno de azucenas y ajos y Gilberto Sullivan había ido a una iglesia a pedir que le hicieran un exorcismo–, los hermanos Jitchkov habían decidido confesar la verdad: ellos habían empujado el vasito, inventado el nombre de Mening y adoptado el de Roxana, que había aparecido por casualidad en la primera sesión, ellos también habían arreglado las manifestaciones: las voces ininteligibles que salían del librero eran un radio pequeño sincronizado en onda corta, que León había tenido tiempo de encender mientras los demás daban vueltas en círculo agarrados de la mano, la manifestación por medio del agua se había logrado cerrando primero la válvula maestra del departamento, que conectaba con la tubería general, abriendo después todas las llaves de la casa y por último, cuando se apagaban las luces, abriendo la válvula maestra; ellos habían regado azúcar en el piso, nos habían echado chisguetes de agua contenida en globitos, habían sacado un tomo normal de la enciclopedia cuando buscamos el nombre de Mening y un tomo con agregados en el que vimos que habían desaparecido las palabras “meninge” y “meningitis”, etc.

El efecto de la confesión de los hermanos Jitchkov en los que habíamos sido sus víctimas fue inesperado. En vez de aceptar que las experiencias que habíamos tenido en las últimas semanas habían sido una ilusión cómica, todos, menos León y David Jitchkov, nos quedamos convencidos de que sí, había habido una serie de bromas, peso también había habido contacto con… algo.

La última sesión ocurrió en casa de los Trejo. Estuvimos presentes nomás León y Salka, Salvador e Ifigenia, Gilberto Sullivan, Horacio Recto y yo. Los Felegrini y David y Miriam no asistieron. Al principio parecía que iba a ser una sesión como todas las demás: Mening mandó un mensaje, que se iba a manifestar, pero, cuando esto iba a ocurrir, alguien encendió la luz antes de tiempo y vimos a León Jitchkov moviendo los botones de un radio en el que no se podía oír más que la Hora Nacional. Se puso de tan mal humor por haber sido descubierto que se acostó en un sofá y se quedó dormido.

Salka y Horacio Recto, los más inocentes del grupo, pusieron los dedos sobre el vasito. Vimos que empezaba a deslizarse, casi imperceptiblemente al principio, y después de una manera más definida.

–¿Hay alguien aquí? –preguntó Salvador.

“Sí.”

–¿Quieres dar algún mensaje a alguno de los que estamos aquí presentes?

Muy lentamente el vasito osciló cuatro veces y se detuvo.

k o k o.

–Es para mí –dijo Gilberto Sullivan.

Salvador pidió que repitiera el nombre de la persona con quien quería comunicarse y la ouija marcó:

k o k o.

En mi mente flotaba el recuerdo impreciso de algo ocurrido casi veinte años antes: era una partida de Gin Rummy entre mi tío Pepe Méndez, su hijo Jorge y yo.

–¿Por qué crees que se juntaron los Tres Grandes en Teherán? –me preguntó mi tío esa tarde– ¿Para discutir la ofensiva contra Alemania? No, Se juntaron para jugar Gin Rummy.

Mi tío Pepe Méndez, que llevaba la cuenta del juego, había hecho tres columnas en un papel y en la cabeza de cada una había puesto: “yo”, “coco” y “koko”, porque su hijo y yo nos llamábamos Jorge y a los dos nos decían Coco. A mí, por ser de los Cocos el mas extraño para mi tío, me había tocado la ortografía exótica.

–¿Eres pariente mío? –pregunté.

t i o.

–¿Cómo te llamas?

p e p e.

–¿Qué mensaje tienes?

d i l e a j o s e f i n a q u e l a

a m o q u e l a a m o.

–¿Quién es Josefina? –pregunté.

l a e s p o s a d e c h a r l i e.

Sentí un escalofrío, porque el hermano de mi tío Pepe –que era pariente político mío– se llamaba Carlos Méndez. Su esposa era una actriz conocida, pero no pude recordar entonces ni su nombre ni su apellido.

–¿Qué profesión tiene?

t e a t r o .

–¿Cómo se apellida?

m o r e n o d i l e q u e l a a m o q u e l a a m o q u e la a m o…, etc.

Cuando llegué a mi casa, entré en el cuarto de mi madre y la desperté.

–¿Cómo se llama la esposa de Carlos Méndez? Me contentó casi inmediatamente:

–Josefina Moreno.

–Gracias. Que pases buena noche –dije y salí del cuarto.

Ni a Josefina Moreno, ni a Carlos Méndez ni a mi madre les dije lo que había pasado. Ahora ya no importa y es demasiado tarde: los tres están muertos. ~

© Vuelta, 24, noviembre de 1978

de http://www.letraslibres.com/revista/convivio/con-quien-hablo?page=0,0

L’horreur

Hoy me quedé sola… el Dr. viajó inesperadamente y hubo que dejarlo ir. Ni modo. No fue de la mejor manera ni estuve de acuerdo, pa’pronto él tampoco, pero había poco qué hacer, nomás apechugar.

Nos arruinaron el día porque habíamos comprado boletos para el cine, que es nuestra actividad favorita… como yo no iba a dejar que mi boleto se desperdiciara, el de él no había como rescatarlo, me fui sola (agradezco enormemente todas las funciones a las que fui sola ante el horror de mucha gente que exclamaba “pero… vas sola?”).

Fui a ver La dictadura perfecta porque me causaba mucha curiosidad… el cine nacional me debe 152 pesos, les dejo 2 que es lo que vale la película. Me hubiera gustado reír con ella, de menos. Reí un poco, una o dos veces. Me decepcionó mucho, quería ver algo realmente trangresor, algo que contara los hechos con los protagonistas. Tal vez me equivoque pero no sentí que fuera suficiente a la luz de todo lo que sucede en el país… es más, me habría gustado que contaran el chisme de Paulette completo, yo no me trago lo que sucedió con esa chiquita, fue mucho más terrible que la realidad y la descripción de la película es risible… pero funciona para lo que quisieron contar. Realmente el fallo es que no estamos a merced de la televisión, estoy segura que la televisión está coludida con el gobierno para contar lo que “necesitamos” saber, pero no al revés: el gobierno no sirve a la tele y ese es un fallo en la película: no queda claro quién sirve a quién… no, no es lo que esperaba ver.

Mejor vean la comedia española 3 bodas de más, es sencilla y divertida.

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Maleficent

No hay nada peor que traicionar a un personaje, o lo que es lo mismo que: una cosa son los motivos del lobo y otra es volverlo perro al wey, en voz de Mentiroso.

Fui a ver Maléfica porque es mi villana favorita, más que Cruella Deville. Lo tiene todo, es como la Bruja Mala del Oeste, así de buena. De ésta última vi Oz, the great and powerful y leí Wicked… son dos maneras de contar la historia previa a la de El Mago de Oz. Ambas son magníficas, aunque cuentan diferentes historias.

Maleficent no cumple, por mucho, y queda a deber, porque, contrario a Tangeld o Frozen, que tienen un discurso similar – con todo y que Frozen no está bien contada – , ninguna de las dos traiciona al personaje como lo hace Maleficent. Si bien ninguna de esas dos cuenta el cuento tradicional, se cuenta como una historia nueva, lo que provoca que los personajes no tengan un precedente, sino que se vean completamente nuevos… no es lo mismo si tomas un personaje de un cuento tan famoso, tan integrado en el imaginario colectivo: todos conocen la historia de la Bella Durmiente y cómo es que la hechizan y cómo sale del hechizo y qué pasó con la bruja.

La película cuenta el antecedente de la Bella Durmiente y comente un terrible error: transforma el personaje de Maléfica en algo que no es y tuerce el cuento sin remedio: la historia originalmente contada se pierde por completo, carente de sentido y deja al espectador con una pregunta “Si la historia fue así ¿quién contó el primer cuento?”

Nunca mejor expresado: una cosa son los motivos del lobo, pero sigue siendo lobo, no se le domestica.

One to rule them all

Mentiroso y yo empezamos a vivir juntos ¿por qué? Pues porque nos dio la gana, él me lo pidió y yo le dije que sí… todo muy romántico en un Vip’s, mientras inadvertidamente reprobaba una de las materias de la maestría. Pero eso no es tan importante como el paso que estábamos dando, simplemente porque ninguno pensamos en darlo y porque tras un empujoncito, me vi al otro lado de la mesa diciendo que sí, que sí vivía con él.

Bueno, entre unas y otras cosas para concretar la mudanza Mentiroso me pidió las llaves de la casa… supongo que es una petición sensata, pero como entramos y salimos juntos yo no lo vi como algo problemático, hasta que entendí que él no se sentía incluido si no tenía llaves. Así que saqué copias y le di sus llaves.

En algún momento me preguntó si había algo que yo quisiera y le dije que quería un anillo. Como a muchos, eso le causó nerviosismo y algunas excusas. Para no entrar en discusiones, lo dejamos ahí, pero no fue algo que se olvidara, estaríamos mirando los cristales de las joyerías viendo solitarios en los siguientes meses.

Esto es, que  para el 10 de mayo Mentiroso fue a tierras guerrerenses y yo me quedé en la capital porque mi mami vive aquí. Esa noche me mandó mensajito con foto preguntándome cuál de dos anillos me gustaba, escogí. Al siguiente día me lo dio y, aunque no hay promesa de matrimonio próximo (por que nos hace conflicto casarnos, pero nos hace conflicto no hacerlo también, por aquello de la administración), hay promesa de compromiso y de que queremos seguir juntos, si tenemos suerte, toda la vida.

Estoy comprometida… nunca había estado comprometida.

Samhain

Es esa época del año otra vez. Una de mis favoritas por mucho… no sé por qué. Tal vez por la libertad que tenemos de hablar de espantos y muerte. Se le quita lo divertido cuando alguien de veras muere…

Hay que despedir a alguien y ni es fácil ni es lo que queremos hacer. Todos estamos enojados con la vida y con esta tierra porque nos quitó a quien queríamos, a quien quisimos tanto y a quien nos abrió sus brazos gustoso de recibirnos en su casa y en su vida. Deja mucho, tanto, que no tiene sentido que nos haya dejado.

Como no entendía lo que pasaba e incapaz de hablar con gente cercana, e incapaz de hablar con gente lejana, escogí una de mis maestras para decirle, para confesarle lo que había pasado. Nunca me esperé que me compartiera su propia pérdida, tan reciente que creí que íbamos a llorar las dos.

Todos los que me conocen saben que no creo en dios por una imposibilidad intrínseca que no sé explicar muy bien, sin embargo me pregunto si no será éste un momento para hacerlo, para que un poder superior –como dicen los alcohólicos- se encargue de lo que yo no entiendo. Será que, como se dice, mi amigo ya hizo lo que vino a hacer a éste mundo, cumplió su misión y se fue y nos dejó con la que nosotros debemos cumplir… que en este punto no sé cuál sea.

Nuestro buen amigo se fue y estaremos hoy reunidos para recordarlo, para estar con su familia y tratar de acompañarnos para no sufrir solos.

http://www.youtube.com/watch?v=d9LtFPzVx0E

de Ginísima Persona

Desencuentros

Hace un tiempo platicaba con el Doctor sobre alguna cosa que ahora no recuerdo, pero que nos llevó a pensar en nuestros ex, particularmente acabamos con ejemplos de las dos relaciones más largas que hemos tenido y que fueron significativas -además de la que tenemos el uno con el otro que es de casi de 10 años, no juntos todo el tiempo, pero en 10 años hemos sido incapaces de evitarnos-. Me decía que no es amiga aquella mujer -o amigo, el hombre- que nos busca solo cuando anda necesitado de atención. Estoy de acuerdo, el Doctor también opina que una amistad está basada en un intercambio: todos obtenemos algo de nuestras relaciones hasta que ya no y es entonces cuando la amistad acaba. Es posible, tal vez haya más tonos de gris en eso.

En fin, el hecho es que su ex lo andaba buscando porque necesitaba hablar de su relación actual. Eso no le gustó, porque, me decía, en cuanto se arregle su asunto me va a botar y ¿cuáles amigos? Tiene una política muy parecida a la mía de no ser amigo de sus ex (aplausos), porque opina que no hay por qué andar metiendo posible ruido en la relación actual de esa persona.

En esas estábamos cuando me acordé de dos exnovios que fueron amigos míos en Facebook. La historia es muy simple: a uno tenía más de diez años de no verlo ni tener contacto con él y del otro tenía otros tantos, menos, pero se le acercaba bastante. En fin, como los encontré en FB pues nos hicimos amiguitos. Debí ser estricta con mis convicciones: en poco tiempo uno de ellos me borró y después de una salida que tuve con el otro hace casi dos años, sucedió lo mismo.

Ninguno de los dos me dio una razón para deshacerse de mí , ni siquiera cuando confronté a uno de ellos. Nomás me dio la vuelta y hasta priísta me dijo… cobarde ¿qué le costaba decir algo así como “es que ya me caíste gorda” o “mi novia me pega si te hablo” (se dan casos)? Está bien, ni que uno fuera monedita de oro y yo no voy a andar mosqueando la relación de otro. El otro ex, supongo que sí le caí gorda o consideró que yo no era lo que esperaba que fuera después de tantos años de no vernos…  también tengo otra sospecha, pero es solo sospecha que no me atrevo a comentar y que sería muy soberbia de mi parte -y no, no tiene que ver con un “si estuviéramos…”-. En fin.

El hecho es que los dos, en su muy particular forma, me recordaron quiénes son, cómo son y por qué ya no tenía relación con ellos. No sé si yo cambié o no, pero, a mis ojos, ellos no cambiaron nunca.

Incompatibilidad

El amor es de las cosas intangibles más difíciles de definir porque todos tenemos una apreciación personal de lo que es y cómo reconocerlo en otros. Hay muchas maneras de buscarlo y de encontrarlo, de reconocerlo.

Oyendo a mi horoscopero favorito descubrí un par de cosas muy interesantes. Ya sé que el horóscopo es una ciencia tan exacta como el calendario gregoriano, pero a mí siempre me ha entretenido enterarme de mi horóscopo. Oía yo en la mañana que no soy compatible con géminis ni acuario. Que géminis es autosuficiente, provee su propia vida, trabaja, crea y no deja que uno le haga el par. Acuario es muy libre, que es muy humanitario pero le encantan los cambios… no, fuchi. Quién quiere cambiar a cada ratito.

Ahora bien… yo he tenido relaciones largas con un géminis y un acuario. Mmm, con el acuariano fue de horror, pero siempre fue mi culpa, uno que en sus años mozos cree que el sacrificio hasta la casi autoflagelación (bueno, no casi) es amor verdadero. No lo hagan, es amor obsesivo que no sirve para nada porque ni amor es. Esa relación estuvo llena de altibajos, llena de “no, pues yo aquí en casa descansando” (él) y yo en mi casa queriendo que nos viéramos, llena de “no te merezco”… y tenía razón. Es una lástima que yo haya pasado tanto tiempo tratando de convencerlo de que lo nuestro valía la pena, pero esa es historia de otro post.

Con el geminiano, pues… no creo que fuera cosa de signos zodiacales. También es historia de otro post, pero puedo decir que también tenía tintes de sacrificio y de una posible falta de autoestima o de mantener el estatus quo que a mi dejó de importarme desde los 21.

Ahora que sé que no debí involucrarme con ninguno de los dos hasta por compatibilidad astrológica, me sirve para no hacerlo otra vez.