El día que me quedé sin llantas

El sábado me levanté temprano, porque mi jefe decidió, por sus pistolas y buen juicio que yo debía madrugar con el objeto de ser personal de apoyo. Así que fui, con muy mala actitud, es decir, la que casi siempre tengo. Finalmente es trabajo y pues me aguanto porque hay muchas cosas de él que me gustan. Ni modo.

Cuando terminó mi turno me fui al cine y vi Océanos. Qué buena está, especialmente la musicalización, es grandiosa. En fin, pasé muy buen rato. Cuando salía del estacionamiento oí un sonido plat, plat, plat. Creí que era la defensa, que me había estacionado muy cerca de los topes del cajón y había desprendido el plástico. Pues no… la llanta delantera con chipote se reventó. Me orillé en un lugar muy incómodo y llamé a mi Héroe. Se presentó y me ayudó a cambiar mi llanta y se lo agradecí mucho. Me dijo “de nada, de cualquier forma no habrías podido hacerlo sola. Se necesita mucha fuerza”. Tenía razón, pero ahora puedo dirigir a alguien con suficiente fuerza bruta en el arte de cambiar una llanta.

Regresé a mi casa sin más percances, bueno, tal vez cambiaría de una vez las dos llantas de adelante y las dos mejores de las antiguas irían atrás, además de adquirir otra llanta de refacción.

Me recosté en el sillón a leer un libro que no dejé hasta las 10 de la noche y me fui a dormitar a mi cama. Me quedé dormida y creo que en mi sueño vi el mar y era de noche… quelle surprise!

En la mañana decidí subir a la casa grande por huevos, al entrar vi a mi hermana. Me dio un sustote, porque estaba detrás del pilar y se me quedó viendo con una cara… ¿Qué?/ ¿No viste?/ ¿Qué cosa?/ Se llevaron las llantas de los coches/ ¿cómo?/ cortaron las cadenas y se llevaron las llantas.

Y sí… la cadena de la reja estaba rota y los coches en el piso. Sin llantas. Se llevaron todas, las 10. Incluso la que estaba ponchada, que estaba recargada en la pared del garaje. Dejaron los tornillos en el piso, un par de colillas de cigarro y ambos coches revueltos. Afortunadamente tenemos la costumbre de no dejar nada dentro, así que los encontraron vacíos. También fue una fortuna que no se les ocurriera entrar en la casa, que se quedaran en el garaje.

En fin: los sucesos extraños de la semana fueron, por fin, explicados: el que tocaran en mi ventana, que tocaran el timbre y no hubiera nadie. Tácticas para saber qué tanto se escuchaba en otras áreas de la casa.

Nunca odié tanto vivir aquí…

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