¿Con quién hablo?

He adorado a Jorge Ibargüengoitia desde hace años y, ahora que es Halloween, pensé en reproducir uno de sus artículos: se trata de un cuento de humor/terror de la vida real. A mi me causa mucha gracia y me pone a pensar si hay algo más allá de la muerte y si hubiera alguien que se comunicara conmigo quién sería y qué me diría.

Para noche de brujas:

¿Con quién hablo?

De Jorge Ibargüengoitia

Leí en el papel las letras mayúsculas escritas a mano:

“m v o r t s g h o r o

x a n a c v w r j i p

f u c a d s g …” etc.

Gilberto Sullivan me miraba con impaciencia.

–¿Entiendes lo que dice? –preguntó.

–¿Mvortsghoro o fucadsg?

Me quitó el papel y señaló las letras que estaban al final del primer renglón y al principio del segundo.

–Aquí dice “Roxana”.

Era la transcripción parcial de los resultados de la primera sesión de espiritismo, a la cual no asistí. Gilberto Sullivan había llegado un medio día a mi casa, me había mostrado el papel y relatado lo que había ocurrido la noche anterior. Varios amigos se habían reunido en el departamento de León y Salka Jitchkov y, sin muchas ganas, casi por aburrimiento, habían improvisado una ouija. Habían escrito las letras del alfabeto en pedacitos de papel, las habían puesto formando una circunferencia sobre una mesa para café, habían agregado otros dos pedacitos de papel con las palabras “sí” y “no”, habían puesto sobre la mesa, boca abajo, el vasito más ligero que había en la casa, sobre el cual dos de los concurrentes habían colocado las yemas de dos dedos, apenas tocándolo, hasta que el vaso, sin que nadie lo empujara, había empezado a deslizarse sobre la mesa y llegado hasta las letras. Habían apagado la luz eléctrica, encendido una vela y hecho la transcripción que teníamos enfrente.

–Berta me envió un mensaje –dijo Gilberto Sullivan.

Berta, su esposa, había muerto dos años antes.

–¿Qué te dice? –pregunté.

–No se entendió claramente.

Además de Roxana, habían estado en contacto con otro espíritu, llamado “Mening”, que les había prometido “manifestarse” la noche siguiente, es decir esa noche.

–¿No quieres ir?

Dije que no. En parte por incrédulo, pero sobre todo por celos sociales: me molestaba que mis amigos se hubieran reunido en casa de León y Salka sin invitarme.

En la segunda sesión, que Gilberto me describió al día siguiente, ocurrieron fenómenos inexplicables. Mening cumplió lo que había prometido y se manifestó varias veces. Pidió que apagaran la vela, que se pusieran de pie y se tomaran de las manos hasta formar un círculo, que caminaran de lado hasta completar una vuelta y que luego se soltaran y guardaran silencio. Al cumplir con estas instrucciones oyeron, en una ocasión, voces extrañas, que provenían de un librero, que parecían quejarse en un idioma ininteligible; en otra, un ruido que les pareció sobrenatural y que resultó ser el que hacían todas las llaves del agua que había en la casa, que un instante antes habían estado cerradas, chorreando a toda capacidad. La tercera manifestación fue la más impresionante: Mening la había anunciado para las dos de la mañana en punto: ellos apagaron las luces, hicieron la rueda, giraron, se soltaron, guardaron silencio y no pasó nada. Cuando cada uno pensaba que no iba a haber manifestación, dice Gilberto que sintió “que había una presencia” a su espalda.

Dejó su lugar en el círculo y procurando no hacer ruido fue a la puerta del departamento y la abrió. Frente a él, en el pasillo iluminado, había una figura de mujer.

Varios gritaron aterrados, inclusive la mujer que estaba en el pasillo, que era la criada de León y Salka, que había tenido el día libre, regresaba a la casa muy tarde y estaba desde hacía un rato con la oreja pegada a la puerta, porque al ver la rendija se había dado cuenta de que la sala estaba a oscuras y sin embargo oía adentro ruido de pasos y de gente que se movía.

Decidí asistir a la tercera sesión y a todas las que siguieran.

Como suele ocurrir cuando tiene uno esperanzas de ver algo notable, esa noche no ocurrió nada extraordinario.

–Hubieras venido ayer, cuando oímos las voces –dijo Salka, que era la más perturbada.

Logramos contacto varias veces con Roxana, pero después de deletrear su nombre, el vasito se iba deteniendo en letras cuya secuencia no tenía ningún sentido, s m o r v d r o r, por ejemplo.

–Pregúntale si quiere decir “smorgasbord” –dijo David Jitchkov, hermano de León.

–¿Quiere decir “smorgasbord”? –preguntó, con los ojos cerrados, Horacio Recto, uno de los que estaban moviendo el vasito.

El vasito se desvió abruptamente y fue a parar encima de la palabra “no”.

Cambió la pareja que ponía los dedos sobre el vasito y cuando éste empezó a deslizarse muy lentamente, Olga Felegrini, que en tres noches de aprendizaje había adquirido un tono profesional, preguntó:

–¿Hay alguien aquí presente?

“Sí.”

–Dinos tu nombre.

“No.”

–¿Eres hombre o mujer?

e l l a.

–Es mujer –dedujo en voz alta Miriam, la esposa de David Jitchkov.

Ignorando esta interrupción, Olga preguntó:

–¿Tienes algún mensaje para alguno de los que aquí estamos?

“No.”

–Pregúntale si podemos hacerle preguntas –sugirió Salka.

Olga hizo la pregunta y el vasito dijo “sí”.

Hubo un momento de confusión, porque nadie se había puesto a pensar qué cosa se le puede preguntar a un espíritu. Hubo sugerencias: que cuántos años tiene, o que cuántos años tiene de muerta, o qué edad tenía cuando murió, o de qué se murió, etc.

–¿Cómo es el más allá? –preguntó, de motu proprio, Olga Felegrini.

i g u a l q u e a c a.

A pesar de respuestas como esta, a la mayoría de los asistentes nos pareció fascinante la sesión. Aunque los mensajes fueran indescifrables o completamente banales, en la ceremonia que hicimos había algo, si no sobrenatural, cuando menos fuera de lo común. Yo sentí –o creí sentir– que mis dedos apoyados levemente sobre el vaso, sin aplicar ninguna fuerza, lo hacían deslizarse sobre la superficie de la mesa hasta llegar a una letra y luego a otra, y a veces la sucesión de estas letras formaba una palabra. ¿No era esto suficientemente notable? Estábamos en comunicación con… algo.

Nos reuníamos todas las noches. A veces sin resultados, otras, ocurrieron cosas francamente espectaculares. León Jitchkov, a pesar de ser el más escéptico del grupo, era el que tenía más suerte, o mejor disposición para mover el vasito: la mayoría de los contactos con Mening o con Roxana ocurrieron cuando él era uno de los operadores. En cambio, Gilberto Sullivan, Salka y yo, que estábamos convencidos de estar en contacto con los espíritus, teníamos mala influencia y nuestras intervenciones generalmente inmovilizaban el vasito o bien lo hacían formar palabras sin sentido. Pero no era cuestión de convencimiento, porque Horacio Recto y Mario Felegrini, que tenían fe, eran buenos médiums. No recuerdo qué efecto tenían sobre la ouija ni David Jitchkov, que era escéptico, ni Miriam su esposa, que era creyente. Olga Felegrini era excelente para tratar con los espíritus y hacerles preguntas con voz solemne; Ifigenia Trejo tenía, en cambio, una intuición notable para separar las palabras y predecir la siguiente letra en que iba a detenerse el vasito. Todos desconfiábamos de Salvador Trejo, porque era un cínico en la vida real y pretendía –sospechábamos– creer a pie juntillas que todo lo que ocurría en las sesiones era realmente sobrenatural. Gilberto Sullivan estuvo convencido, desde la primera sesión hasta la última, de que todos los mensajes recibidos iban dirigidos a él. Horacio Recto dejó de asistir a partir de la quinta o sexta sesión, porque empezó a tener experiencias sobrenaturales en su propia casa: un íncubo, nos dijo, se había metido en su recámara. Una noche, después de una sesión que nos pareció larguísima y especialmente aburrida, logramos contacto con un espíritu que dijo haber sido mujer y que al ser interrogado por Olga Felegrini respecto a su vida contestó:

f u i m a l a v e s t i d e r o j o.

Después de señalar estas letras, el vasito –no recuerdo quién lo movía– empezó a moverse con tanta violencia que se cayeron los papelitos y tuvimos que suspender la reunión. Otra noche Mening anunció que iba a manifestarse “por medio del agua”, pero a pesar de que tomamos las medidas de costumbre y repetimos las providencias varias veces, no pasó nada. Pero a la mañana siguiente, cuando Salka entró en el baño, encontró, parado en el tubo de la regadera, un canario. Salka dice que tuvo al principio un sobresalto, pero que se dominó y logró coger el canario y meterlo en una jaula vieja que tenía en la casa. El canario parecía muy tranquilo. Salka no sabía si estaba ante un canario común y corriente que se había metido accidentalmente por la ventila del baño, que siempre estaba abierta, o ante una manifestación de Mening que hubiera pasado inadvertida la noche anterior. El caso es que Salka dejó el canario en la jaula sobre la mesa de la cocina. Cuando terminó de arreglarse, regresó a la cocina y encontró la jaula vacía.

En otra ocasión nos reunimos en la casa de los Felegrini, que tenía piso de duela y una escalera en la sala que conducía a la parte superior. Las instrucciones que dio Mening esa vez para preparar su manifestación fueron diferentes: en vez de hacer la rueda tomados de la mano, deberíamos hacerla poniendo las dos manos sobre los hombros del que iba adelante, y dar tres vueltas en vez de una sola. Obedecimos. Al principio oíamos en la oscuridad los pasos de los ocho caminando sobre el piso de duela, pero a la segunda vuelta el ruido de los pasos se transformó hasta convertirse en una especie de quejido que, a mí, cuando menos, me pareció aterrador. Cuando encendimos la luz nos dimos cuenta de que habíamos estado caminando sobre azúcar granulada que alguien había regado en el piso. A la siguiente manifestación nos cayeron a varios, sin lugar a dudas, unas gotas de agua. A la tercera se cayó un biombo ruidosamente. A la cuarta, aparecieron unas letras ilegibles, pintadas con gis, en un cuadro antiguo. En un descanso que tuvimos, varios entramos en la cocina a comer algo y de pronto vimos que a Salvador Trejo “se le oscurecía el semblante”. Dijo:

–Miren.

Vimos que la puerta del clóset se abría lentamente, sin que nadie la empujara ni nadie la hubiera jalado.

En la segunda parte de la sesión logramos establecer contacto con Roxana. Pidió que Salka subiera al baño del primer piso y viera lo que había en la tina. Salka dijo que se sentía demasiado nerviosa y no quiso ir sola, por lo que Gilberto Sullivan se ofreció a acompañarla. Los vimos subir la escalera y caminar por el pasillo del primer piso y después no vimos nada, porque se apagaron las luces. A tientas busqué el camino hacia la entrada de la casa, en donde supuse que estaría el medidor. Cuando llegué al vestíbulo se encendió la luz. Allí, en efecto, estaba el medidor y Felegrini tenía la mano en el interruptor.

–Cabrón –le dije.

Él me hizo seña de que no dijera nada. Regresamos a la sala en el momento en que Salka y Gilberto Sullivan bajaban por la escalera. Parecían diez o veinte años más viejos: Salka se apoyaba en Gilberto, ambos caminaban lentamente.

–Felegrini apagó la luz –dije.

Todos se molestaron. Gilberto y Salvador Trejo le dijeron a Felegrini que por hacer una broma tonta había desvirtuado una serie de experiencias de lo más interesante.

Ni Salka ni Gilberto alcanzaron a ver si había algo en la tina, porque la luz se apagó en el momento en que descorrían la cortina de plástico y salieron del baño a oscuras. Salka se negó a subir otra vez. Otros subimos al baño y no encontramos nada en la tina, pero, después de todo, Roxana había pedido que Salka subiera, no que los demás subiéramos.

Decidimos hacer una pausa en nuestras sesiones y suspender la siguiente, porque todos, o casi todos, comprendíamos que nuestras relaciones con los espíritus –o lo que fuera– estaban afectando nuestras vidas considerablemente.

 

Durante esa temporada los días eran para mí no sólo llenos de luz, sino lógicos. ¿Cómo es posible, pensaba de día, que cuando alguien se muera se quede flotando por allí parte de la personalidad del difunto, sin otra función que la de asistir a reuniones de ociosos, hacer suertes –llamadas manifestaciones– y contestar preguntas que son completamente idiotas –igual que las respuestas? Pero se metía el sol y todo lo que me circundaba parecía lleno de amenazas y de significados ocultos.

Al día siguiente de la reunión en casa de los Felegrini pasé la mañana escribiendo y en la tarde fui al cine Latino. Cuando terminó la función y salí a la calle era de noche.

Caminé por Reforma hasta llegar a la esquina y di la vuelta en la calle de Génova. Avancé unos metros y me detuve. A tres cuadras de distancia, en la marquesina del cine Insurgentes, alcancé a leer, en letras rojas de neón:

r o x a n e

Fui hacia el letrero con una mezcla de curiosidad y temor. Al llegar a la taquería que estaba entonces enfrente del cine –esto ocurrió antes de que construyeran el Metro– me di cuenta de que lo que había visto era una casualidad rarísima, pero al mismo tiempo perfectamente natural: el letrero decía en realidad “próximamente”, pero se habían fundido los tubos de varias letras hasta quedar nomás Roxane. Acababa de hacer esta reflexión cuando me di cuenta de que debajo de la marquesina estaban los Trejo. Crucé la calle antes de que ellos me vieran y al acercarme me di cuenta de que estaban peleando.

–Ah, hola –dijo Salvador y me explico el motivo del pleito:

Ifigenia había aceptado una invitación a cenar con un grupo en el que había una mujer que, según Salvador, era lesbiana y pretendía seducirla. Salvador había entrado en el restaurante de chinos en donde los otros estaban esperando a que les trajeran la cena y había sacado a Ifigenia a jalones. Habían caminado dos cuadras discutiendo hasta detenerse debajo de la marquesina del Insurgentes. Ifigenia, que estaba complacida de haber sido objeto de tanto celo, dijo que tenía hambre.

–¿Ya vieron lo que dice la marquesina? –pregunté.

Volví a cruzar la calle con ellos, que tuvieron la misma reacción que yo al ver las letras de neón. Decidimos que era una casualidad demasiado rara para ser natural coincidir los tres en aquel lugar a esa hora debajo de un letrero que decía “Roxana” –o “Roxane” – y que urgía hacer otra sesión.

Fue facilísimo convocarla, porque los Felegrini estaban a dos cuadras, en un ensayo teatral, y León y Salka estaban en su casa. Aparte de esto no pasó nada. Fue la sesión más inútil que tuvimos.

La siguiente reunión –que estaba destinada a ser la penúltima– fue en casa de David y Miriam Jitchkov, que vivían en las Lomas. Después de una comunicación con Mening, a alguien se le ocurrió buscar ese nombre en la enciclopedia que había en la casa. David sacó el tomo de la M y lo estuvimos hojeando. No encontramos Mening, pero sí “meninge” y “meningitis”.

–Debe ser un mensaje dirigido a mí –dijo Gilberto Sullivan–. Meningitis es la enfermedad que yo he de tener.

Volvimos a la ouija. Al cabo de un rato, Mening nos pidió que buscáramos su nombre en la enciclopedia. A Pesar de que acabábamos de hacerlo inútilmente, David volvió a sacar el tomo y volvimos a hojearlo. –“Mening”, por supuesto, no estaba, pero tampoco estaba “meninge” ni “meningitis”.

Ver aquella página de la que habían desaparecido sin dejar huella dos textos que yo acababa de leer fue para mí la experiencia más inquietante que había tenido hasta entonces. Sólo aparecía “meníngeo: referente o perteneciente a las meninges”, ¿cuáles meninges?

Después, Mening anuncio que iba a manifestarse, pero en la calle. Salimos a la calle –afortunadamente era muy noche y nadie nos vio–, hicimos la rueda agarrados de la mano y dimos la vuelta y nos soltamos. La casa de David y Miriam estaba en una plazoleta a la cual desembocaban varias calles que bajaban de la loma. Vimos primero una luz lejana, oímos un ruido y luego distinguimos los faros y el motor potente de un coche que bajaba la cuesta a toda velocidad. Parecía un fenómeno sobrenatural, pero afortunadamente dos cuadras antes de llegar a donde nosotros estábamos el coche se desvió y tomó una calle transversal. Respiramos aliviados. Entonces nos dimos cuenta de que la luz del portal, que estaba apagada cuando habíamos salido a la calle, se había encendido. Esta manifestación nos pareció banal, comparada con la desaparición de dos palabras en la enciclopedia o el coche bajando la cuesta.

 

–¿Ya supiste la noticia? –me preguntó Salka cuando llegué a su casa al día siguiente–, León y David confesaron.

–¿Confesaron qué cosa?

Mientras Salka explicaba lo que había ocurrido fueron llegando los demás. Cuando terminó el relato estábamos presentes todos. Dijo Salka que al ver los efectos que las sesiones espiritistas estaban teniendo en algunos de los asistentes –Horacio Recto dormía en un cuarto lleno de azucenas y ajos y Gilberto Sullivan había ido a una iglesia a pedir que le hicieran un exorcismo–, los hermanos Jitchkov habían decidido confesar la verdad: ellos habían empujado el vasito, inventado el nombre de Mening y adoptado el de Roxana, que había aparecido por casualidad en la primera sesión, ellos también habían arreglado las manifestaciones: las voces ininteligibles que salían del librero eran un radio pequeño sincronizado en onda corta, que León había tenido tiempo de encender mientras los demás daban vueltas en círculo agarrados de la mano, la manifestación por medio del agua se había logrado cerrando primero la válvula maestra del departamento, que conectaba con la tubería general, abriendo después todas las llaves de la casa y por último, cuando se apagaban las luces, abriendo la válvula maestra; ellos habían regado azúcar en el piso, nos habían echado chisguetes de agua contenida en globitos, habían sacado un tomo normal de la enciclopedia cuando buscamos el nombre de Mening y un tomo con agregados en el que vimos que habían desaparecido las palabras “meninge” y “meningitis”, etc.

El efecto de la confesión de los hermanos Jitchkov en los que habíamos sido sus víctimas fue inesperado. En vez de aceptar que las experiencias que habíamos tenido en las últimas semanas habían sido una ilusión cómica, todos, menos León y David Jitchkov, nos quedamos convencidos de que sí, había habido una serie de bromas, peso también había habido contacto con… algo.

La última sesión ocurrió en casa de los Trejo. Estuvimos presentes nomás León y Salka, Salvador e Ifigenia, Gilberto Sullivan, Horacio Recto y yo. Los Felegrini y David y Miriam no asistieron. Al principio parecía que iba a ser una sesión como todas las demás: Mening mandó un mensaje, que se iba a manifestar, pero, cuando esto iba a ocurrir, alguien encendió la luz antes de tiempo y vimos a León Jitchkov moviendo los botones de un radio en el que no se podía oír más que la Hora Nacional. Se puso de tan mal humor por haber sido descubierto que se acostó en un sofá y se quedó dormido.

Salka y Horacio Recto, los más inocentes del grupo, pusieron los dedos sobre el vasito. Vimos que empezaba a deslizarse, casi imperceptiblemente al principio, y después de una manera más definida.

–¿Hay alguien aquí? –preguntó Salvador.

“Sí.”

–¿Quieres dar algún mensaje a alguno de los que estamos aquí presentes?

Muy lentamente el vasito osciló cuatro veces y se detuvo.

k o k o.

–Es para mí –dijo Gilberto Sullivan.

Salvador pidió que repitiera el nombre de la persona con quien quería comunicarse y la ouija marcó:

k o k o.

En mi mente flotaba el recuerdo impreciso de algo ocurrido casi veinte años antes: era una partida de Gin Rummy entre mi tío Pepe Méndez, su hijo Jorge y yo.

–¿Por qué crees que se juntaron los Tres Grandes en Teherán? –me preguntó mi tío esa tarde– ¿Para discutir la ofensiva contra Alemania? No, Se juntaron para jugar Gin Rummy.

Mi tío Pepe Méndez, que llevaba la cuenta del juego, había hecho tres columnas en un papel y en la cabeza de cada una había puesto: “yo”, “coco” y “koko”, porque su hijo y yo nos llamábamos Jorge y a los dos nos decían Coco. A mí, por ser de los Cocos el mas extraño para mi tío, me había tocado la ortografía exótica.

–¿Eres pariente mío? –pregunté.

t i o.

–¿Cómo te llamas?

p e p e.

–¿Qué mensaje tienes?

d i l e a j o s e f i n a q u e l a

a m o q u e l a a m o.

–¿Quién es Josefina? –pregunté.

l a e s p o s a d e c h a r l i e.

Sentí un escalofrío, porque el hermano de mi tío Pepe –que era pariente político mío– se llamaba Carlos Méndez. Su esposa era una actriz conocida, pero no pude recordar entonces ni su nombre ni su apellido.

–¿Qué profesión tiene?

t e a t r o .

–¿Cómo se apellida?

m o r e n o d i l e q u e l a a m o q u e l a a m o q u e la a m o…, etc.

Cuando llegué a mi casa, entré en el cuarto de mi madre y la desperté.

–¿Cómo se llama la esposa de Carlos Méndez? Me contentó casi inmediatamente:

–Josefina Moreno.

–Gracias. Que pases buena noche –dije y salí del cuarto.

Ni a Josefina Moreno, ni a Carlos Méndez ni a mi madre les dije lo que había pasado. Ahora ya no importa y es demasiado tarde: los tres están muertos. ~

© Vuelta, 24, noviembre de 1978

de http://www.letraslibres.com/revista/convivio/con-quien-hablo?page=0,0

Minientrada

A mí me gustan las comedias, mucho más que los dramas y las películas de acción. Voy a ver las de acción porque al Doc le gustan y porque si Bruce Willis es el protagonista, no me quejo. A las de terror vamos los dos porque nos gustan, aunque yo cierro mis ojitos de vez en cuando.

Cuando él no está voy a ver películas a las que no entraría sin puchero porque hay una alta probabilidad de que no sean muy buenas unas y otras porque son francesas o.O no le gusta el cine francés… bueno no le gusta el francés y ya. Esto es que, un día que me vi sin compañero fui a ver Comme un chef, francesa por supuesto. A mi me gusta la comedia francesa, siempre me ha parecido simpatiquísima así que aprovecho cuando una está en cartelera. Esta vez fue El Chef con Jean Reno. Es una comedia muy ligera… en ocasiones me pareció que demasiado, es simpática pero no me arrancó verdaderas carcajadas.

Es la historia de dos amantes de la cocina: un joven con grandes habilidades para cocinar, pero laboralmente inestable, cosa que ya no le hace gracia a su novia embarazada quien le exige tener un trabajo estable para poder mantener al hijo que esperan. Jean Reno es el chef veterano y triunfador que está en una crisis: no sabe cómo ser moderno y modifica sus platos clásicos con no muy buen resultado. Sus socios lo presionan para probar cocina moderna y mantener su estatus de cuatro estrellas, de lo contrario lo removerán y otro se hará cargo de su restaurant. Cuando en un giro de suerte Lagarde (Reno) conoce a Bonnot (Youn) y se embarcan en salvar el trabajo de Lagarde a como de lugar y a pesar de continuar con el mismo tren de vida: uno perdiendo a su hija y el otro a su novia.

Como toda comedia hay situaciones chuscas y la solución a los problemas de los protagonistas. El problema con esta película es que uno no logra enternecerse lo suficiente o identificarse con los personajes o reírse a sus costillas: es muy plana. Fue algo decepcionante. Es entretenida, pero yo no llevaba a nadie a verla, una pena.

Luego vi el trailer de Nosotros los nobles que se me antojó muchísimo nomás de verlo. Otra vez pensé que tendría que ser sin el Doctor, ni modo. No se arriesga doble: mexicana y comedia… pero yo sí me arriesgo si le veo potencial y ésta lo tenía.

Qué divertida es. Tiene personajes entrañables y las situaciones cómicas están bien logradas. Yo reí. No pude menos que pensar que se parecía a una película que yo había visto antes, hace mucho mucho tiempo y sí: al final hay una nota, basada en El Gran Calavera, una película de Buñuel protagonizada por Fernando Soler. Hacía muchísimo que había visto esa película, así que la volví a ver. No sé si es que a mí me gustan más las situaciones ridículas para reírme a gusto, el caso es que veo El Gran Calavera y no río… no es que no sea una historia buena, es buena. Siendo la idea original es más compleja, más enredada en su argumento, pero no tiene ese algo que para mí sí tuvo Nosotros los nobles ese algo que me hizo reír. Tal vez la diferencia temporal, no sé. Sin embargo hay una cosa que sí tienen las dos, que es un poco molesta: esta idea de que el rico es malo y el pobre bueno… es algo que a mí no me gusta, es un discurso falaz. En fin.

Finalmente vi Vuelve a la vida. Esta es un documental. Me llamó mucho la atención porque está situada en Acapulco. Acapulco de mis amores, de mi infancia y de vacaciones familiares en las que mi papá me enseñó a nadar en el mar y a comer ostiones en su concha. Vuelve a la vida tiene como eje la historia de cuando Perro Largo fue a cazar una tintorera que estaba aterrorizando la bahía, cómo organizó un grupo numeroso – su familia y amigos – para demostrarle a su compadre que él podía atraparla y matarla. Es una gloria porque la historia está narrada por aquellos que conocieron a Perro Largo y fueron con él a cazar el tiburón. A mí lo que más me gustó fue el relato de su hijo John, su hijo postizo, hijo de una gringa que fue de vacaciones a Acapulco y se quedó… Perro Largo le decía La Jirafa y Robin no se quejó, le pareció apropiado. John cuenta la historia de Perro Largo como él la vivió, lo difícil que era no ser de ningún lado y cómo un día cualquiera, con una sola palabra, acabó integrándose a la curiosa familia que habían formado Perro Largo y su mamá.

Comedias

Clasificación A… para mayores de 12

Las clasificaciones en el cine existen por una razón. La razón claro, es yanqui y medio puritana -recordemos Cinema Paradiso y el recorte de besos- ya que las películas empezaron a clasificarse por su contenido sexual, violencia y “contenido profano” (supongo que se rerfieren a pecaminoso en el más puro y cristiano sentido de la palabra). Así Estados Unidos ideó una clasificación y el mundo siguió el ejemplo.

En México la clasificación va de AA, para todo público, especialmente para niños, hasta D, 21 años en adelante. Y en general las películas en México están bien clasificadas -lo contrario a los títulos traducidos, que son atroces- pero yo sí quisiera saber quién fue el genio de la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía que clasificó  La vida de Pi (Una aventura extraordinaria) como clasificación A, que quiere decir que es apta para todo público.

De una vez les quito el misterio esta película NO es para niños. Yo fui a verla, entré a la sala, Mentiroso se sorprendió por dos cosas: el lugar en que nos sentamos (que el escogió) y el horrible sabor del hotdog que se estaba comiendo -de las cadenas de cine, luego hablamos- yo me sorprendí que hubiera tanto niño, porque no me di cuenta de la clasificación de la película cuando compramos los boletos.

Y empieza la película… es maravillosa. Es graciosa, es épica, es enternecedora, con un contenido simbólico y espiritual muy particular y es un thriller. Es justo ahí dónde la puerca tuerce el rabo, porque yo empecé a oír vocecitas que decían “mami ¿qué le pasa al tigre?” “¿ya se murió?” y llantos de terror. No estoy exagerando: hay por lo menos una escena, en la que cualquier niño va a llorar por el contenido de violencia que tiene.

Padres, no lleven a sus niños a ver Pi, mejor llévenlos a ver El origen de los Guardianes es preciosa, divertida y no se oyen llantos de terror. Pi es clasificación B, para mayores de 12 años. No me casaré de enfatizarlo: no es para niños, se van a impresionar mucho y no van a dormir en tres días.

Pero volviendo a Pi, es una historia muy interesante que está contada desde la desesperación de un náufrago atrapado en un bote salvavidas con un tigre. No me parece que sea la historia de cómo un niño se hace amigo de un tigre de Bengala, yo creo que es una historia de supervivencia, valentía y fe. Pi hace un viaje lleno de adversidad y belleza en un mar vasto, maravilloso, amenazante y generoso en el que aprende quién es, qué perdió y que el dolor real de dejar ir consiste en que, la mayoría de las veces, no nos dicen adiós.

Pi es preciosa en su ejecución, en sus gráficas y maravillosa en el ejercicio de imaginación que nos lleva al horror absoluto de lo que pudo pasar.

De Chernobyl a Roma, pasando por Gotham

Siempre me han gustado las películas de terror. Unas son mejores que otras; algunas dan miedo, otras dan risa y otras te dan ganas de matar a quien las produjo, las dirigió y las escribió.

Desde hace meses Mentiroso y yo vamos al cine cada viernes, vemos películas de acción, terror y comedia básicamente. El no ve chick fliks ni dramas, el día que fuimos a ver Albert Nobbs hubo un momento en el que se quiso ir y yo casi me voy con él, pero esa es otra historia. Con este antecedente, fuimos a ver Terror en Chernobyl, aunque yo prefería ver otra cosa, pero podía darle la oportunidad, total.

Miedo, lo que se dice miedo, pues no me dio. Sin embargo sí di algunos saltos y sí es una historia de terror. Ahora, cuando salimos, Mentiroso se quejó de que le había faltado algo a la película: tetas. Una buena película de terror siempre, siempre, tiene tetas. Y tiene razón. A mí me pareció que le faltó un prefacio, algo que nos contara una leyendita sobre el lugar o avistamientos o algo que lo hiciera atractivo y la razón de ser peligroso… total ¿buena? No ¿entretenida? Sí.

Como no voy a someter a mi amigo a un chick flick – aunque me gustaría su compañía de vez en cuando –  pues voy yo sola. Tenía muchísimas ganas de ver To Rome with love, así que fui. To Rome tiene momentos brillantes y graciosos, a mí me sacaron la carcajada PERO también me pareció que fueron una serie de parches… es decir ninguna historia es la principal o el eje, a la historia de Roberto Benigni le falta algo y la de la pareja recién casada me pareció un poco estúpida. La historia de Woody Allen es deliciosamente ridícula y los americanos en Roma son ligeramente predecibles, además de que la novia es sosa y nunca me trasmitió real preocupación porque su novio fuera a dejarla. Total que es una película más para pasar el rato que otra cosa.

Quisiera hablar de Batman, pero me faltan recursos. Me gustó, pero quiero ir a verla con un letrado porque me encantaría oír su opinión. Mientras tanto me parece muy rescatable la humanización del super héroe y Anne Hathaway que me cae tan bien, es una sorprendente buena opción para Catwoman.

*Fui con Mentiroso a ver Batman. Tanto me gustó. Esperaba el veredicto de mi amigo que es fan de cómics y está muy enterado de las historias, las generaciones, quien es Robin I, II y III etc. Total que es la persona con la que hay que ir a ver estas películas. Estaba encantado: con lo apegada que está al cómic, el rescate que hicieron de Bane – yo no me acordaba, pero Bane aparece en Batman & Robin como una caricatura y eso no le gustó nadita – como el personaje que es. Obviamente no le gustó Catwoman, quería alguien más sexy pero cuando le pregunté quién no supo contestarme. Ni modo. Total que ni a él ni a mi nos decepcionó.

Cine, mucho cine

El sábado fui al cine. No es noticia, siempre voy al cine con o sin una buena razón*. Esta vez fui, respetando mi horario que siempre es antes de las 12, porque no tenía nada mejor que hacer y porque me vi libre para ver lo que yo quisiera después de algún tiempo. Por esta razón entré a ver Gimme the power.

Gimme the power es un documental cuya premisa es el paralelismo entre el poder en México y la música, más específicamente el rock. Hay muchos personajes interesantes en ese documental, que culmina con Molotov, que es considerado el último grupo de rock con sabor transgresor que ha tenido México por todos los participantes de la película. No es un documental profundísimo, tampoco encuentran el hilo negro, eso está muy difícil a estas alturas del partido, pero sí es un documental entretenido con muchos datos curiosos que yo no conocía y se entrevista a varios protagonistas de la música, la noticia, un sociólogo, un historiador y a uno que otro cándido productor que se puso blanco ante la pregunta ¿usted es el carnal de las estrellas? Además de un par de curiosidades de la banda que yo desconocía, por ejemplo, entendí perfectamente porqué Molotov no participó en el concierto #Yosoy132; más allá de que aseguraron que no habían las condiciones de producción necesarias, yo creo que hubo otra razón. En fin que si uno quiere entretenerse, es un buen documental para justo ese propósito.

Luego de esto, se me hizo fácil entrar a ver Colosio: el asesinato. Y me dije, pues a ver qué me cuentan; como había oído buenas críticas me pareció que era una apuesta más o menos segura. Lo peor que me podía pasar era que me contaran una historia que yo ya me sabía, con una producción de pena. Pues no. No es que me contaran una historia que no sabía, si desde el 94 se especula quién podría tener interés en la desaparición del candidato del PRI y todos sabemos que todos en la más alta cúpula del poder lo querían muerto. Pues es una película buena: tiene un buen guion, tiene un reparto que cumple – como se obvie a Kate del Castillo, estamos del otro lado – y la historia está bien hilada. Si uno va con alguien que recuerde a los actores de ese tiempo, pues mejor, porque solo Aburto, Diana Laura, Colosio y el presidente, tienen nombre y apellido, todos los demás, en palabras del coescritor Miguel Necoechea, son producto de la ficción y por esa razón no tienen el nombre, que si buscamos un poquito, encontramos. Total que es una película que vale la pena y si son de aquellos que recuerdan poco el incidente y sus consecuencias inmediatas – las de largo plazo, todavía las estamos padeciendo – vale la pena verla, repito, con alguien que pueda identificar a los personajes; como un chico que fue con su papá y se notaba como le estaba explicando detalles que no están en la cinta.

Buenas películas, buen sábado.

*yo siempre me acuesto con mis buenas razones.

 

 

Mientras Duermes

Cuando fui a ver La piel que habito, hubo un acontecimiento extraño que no conté. En famosa cadena de cines pasaron películas de la muestra de cine de Morelia, las estaban rotando en algunos cines y uno tenía que darse a la tarea de pescarlas en su cine más cercano a una hora, si no decente, de menos práctica. Así que el día que pasaban La piel que habito era perfecto: sábado y con un horario que me garantizaba iba a terminar antes de mi cita.

Compré mi boleto y me senté con palomitas grandes, refresco y todo… pasaron 30 o 40 minutos y nada, no pasaba nada. Vaya ni las luces apagaban.
Obviamente la gente comenzó a desesperarse y una señorita salió a decir que no nos preocupáramos, que tenían problemas técnicos y que los estaban arreglado. Vi mi reloj. Si se daban prisa veía mi película y llegaba a mi cita. De pronto anunciaron que nos iban a pasar dos películas por el precio de una, que se disculpaban con la audiencia. Vi mi reloj: ni cinta, ni cita, como no hiciera algo iba a perder ambas.

Salí de la sala y me dirigí respetuosamente al gerente. Decidí no perder los estribos porque quien apareció por la puerta fue un señor de mediana edad, sudoroso y con ojos de susto. Le comenté mi problema: yo no podía ver dos películas, simplemente no tenía tiempo, si pudiera darme un pase para otro día se lo agradecería mucho y, ni modo, me perdería mi película con el pobre consuelo de ver en su lugar Pastorela antes de tiempo. Mientras esperaba al gerente con mi pase le pregunté a una señorita qué había pasado, lo que me dijo me pareció escandaloso: la película estaba en camino. Las fallas técnicas se referían a “hay un embotellamiento en Insurgentes”. En cuanto volvió el sudoroso gerente, llamaron para decir que la película estaba en el estacionamiento.

Afortunadamente el público se negó a ver una película que no había planeado ver antes de la que tenía proyectada, así que vimos La piel que habito. A mi no me decepcionó, ni por la espera.

La película que no alcancé a ver fue Mientras duermes, porque hubo doble entrega ese día, aunque yo no me quedé.

El principio de la película fue suficiente para que yo fuera a verla después.

Es magnífica. Es una oda a la mezquindad humana.

La historia va de un desgraciado que disfraza su profunda amargura de amabilidad. Esa amabilidad le permite entrar a la vida de otros, saber todo lo necesario para, después, decir y hacer cosas que van a resultar en la infelicidad de todos los que lo rodean… y se asegura que siempre sea así.

Su víctima más difícil es una chica animosa y alegre, que muy pronto dejará de serlo para toda su vida.

Magnífica, repito, yo la volvía a ver… bueno, tal vez no, es como querer repetir a Aronofsky.

El diablo anda suelto

Como todos saben yo le voy al cine nacional. Prefiero ver una película mexicana que una extranjera, si ésta promete, hay cosas que por simple sentido común no veo. Esperé mucho para ver La piel que habito, que no es mexicana, sino española y que ya dije que me gustó y que acompaño a quien desee ir cuando la estrenen que será en diciembre, según últimos informes.

Pero bueno, esto lo digo porque cuando vi anunciada Pastorela – esta sí, mexicana – se me antojó muchísimo y también esperé para verla. Ya la estrenaron, a mí me vino bien, pero tal vez hubiera sido buena para diciembre. Es una película excelente. Joaquín Cosío es el Agente Cruz, quien todos los años hace de diablo en la pastorela… hasta que un evento inesperado le quita el papel. La historia nos cuenta todo de lo que un hombre es capaz por preservar una tradición. Es divertidísima, yo me reí mucho, peeeero ya lo dice Mentiroso: soy boba. Claro, conmigo, ese día en el cine había otros ocho bobos (recuerden que yo voy al earlybird special de las 11 de la mañana en sábado). También voy con quien quiera ir a ver esta.

El caso es que Rene Franco habló sobre las dos películas y yo saqué lo siguiente: 1. Tiene razón con respecto a Pastorela: es una gran película y 2. No entendió de qué iba La piel que habito.

Hay días curiosos. Hoy fue cumpleaños de mi hermana y fui a comprarle flores. Yo no le pongo atención a la gente a mi alrededor, entre más desapercibida pase, mejor.

Hoy iba yo sin molestar a nadie con mis flores en la mano, como voy a San Ángel por ellas siempre paso por dos casas que me gustan: una estaba en muy mal estado la última vez que la vi, la otra es una especie de reservorio de Ferraris. Cuando paso por ahí veo las casas y siempre pienso que me gustaría tener una de las dos: una de esas dos, no como esas. En el corazón de San Ángel, cerca de la que fue casa de mis abuelos, me encanta esa parte de la ciudad. Bueno, pues estaba yo ahí sin molestar a nadie, cuando oí algo como una voz. Y sí, oí algo así porque traía mis audífonos, que me protegen de un mundo que no me interesa, pero como siempre anda alguien perdido supuse que alguien quería saber una ruta de pesero o una calle… pues no, era un cuate que iba caminando por ahí y que me dijo que era raro ver un Ferrari de otro color que no fuera rojo, yo le contesté que para todo había gustos. De ahí me preguntó que quién me había dado las flores. Yo no me engancho con extraños en la calle porque no me gusta, especialmente porque me parece muy riesgoso, pero le contesté que eran para mi hermana. Ahí no paró, luego preguntó si estaba enferma, pues no, es su cumpleaños. Ah, qué bueno. Cuando llegué a mi esquina, es decir, donde tenía que dar vuelta, él se bajó de la banqueta porque seguía de frente y me preguntó que si yo prefería los Ferraris rojos o de otro color… a mí no me gustan los Ferraris, me gustan los Jetta color granate y me di la vuelta.

*Para las mentes curiosillas que se preguntan si el individuo

era guapo o no, solo puedo decir que tiene pelo rubio, pero ralo y

ojos pequeños, pero azules. Vestía mezclilla y un jersey azul con blanco.

Am I grumpy?

La semana pasada, por cuestiones institucionales, estuve con varios de mi especie. La experiencia siempre es extraña, más extraña cuando alguien que no corresponde a mi círculo o que no me conoce me calcula menos edad – a veces mucho menos – de la que en realidad tengo. Esto es una molestia porque siempre da pie a bromas indeseadas y medio brutas. Pero a todo se acostumbra uno. Ese día no solo acabé con trece años menos, también con vino en mi falda, por eso me di a la huida con un amigo que hacía mucho no veía y que no me había dado cuenta de que extrañaba hasta que pasé más de diez minutos con él. Claro que como pésima amiga que soy, no he ido a visitarlo.

Esa noche acabé en una fiesta de disfraces, sin disfraz, súper cansada y cantando a Shakira porque no me sé otras canciones completas. Pero estuvo muy bien, hace mucho que no salía y agradezco infinitamente que me hayan sacado de la rutina de trabajo-tarea-dormir-trabajo-tarea-etc. Claro, no podía faltar dentro de la conversación “tu no naciste en ese año, acabas de sacar la cuenta” y “no se vale ponerse años” ¿qué mujer se ha puesto años?

Al siguiente día fui al cine porque están pasando el festival de Morelia en conocida cadena y había una que me había llamado la atención. Fui a ver La piel que habito… me tomó una hora, porque el cine no se había dado cuenta que en el paquete que les mandaron olvidaron precisamente esa. Y una plática extraña con un chico que, estoy segura, ha leído mucho sobre cine, visto muchas películas y lo mamón, seguro se le quita con la edad. También creyó que como él, yo nací en los ochentas ¡iluso! Extrañamente, cuando la película llegó al cine, se fue.

La piel que habito ha recibido buenas críticas, aunque hay quien no entendió los personajes o la historia le pareció un collage sin sentido. A mí me gustó, me pareció exquisitamente extraña y mi espera valió la pena. Si alguien quiere ir cuando la estrenen, que será a fin de mes, yo los acompaño.

Afortunadamente fue fin de semana de trabajo en equipo y como sabía que terminaríamos pronto, el domingo me fui a San Ildefonso con Mentiroso. Tenía ya un tiempo que no lo veía y lo extrañaba así que me lo llevé a ver a Ron Mueck y le gustó. Platicamos mucho, como siempre, y acabamos en La Lagunilla viendo teléfonos de disco que me encantan y cámaras fotográficas que le encantan. No compramos nada, pero fue útil saber qué se le puede regalar al Clerge si uno ocupare.

Estuve de un inusual buen humor, tan bueno, que preferí no decir nada para no molestarme con cualquier nimiedad, que es mi especialidad. Acabamos hablando de relaciones, es nuestro tema favorito. Nos fascina cómo nos comportamos frente a otros y como otros se comportan, los consejos que nos piden y cómo vemos que cometen grandes errores que no están dispuestos a aceptar. Me decía de una amiga suya que estaba harta de su ex pero parecía no querer realmente que la dejara en paz; yo le dije que muchas veces aceptamos atención que no deseamos antes que vernos solos. Muchos lo hacemos, pero estuvo de acuerdo conmigo en que si decidimos que eso queremos, no nos quejemos de la atención que provocamos.

Lo mismo, no hay porqué crear una expectativa cuando realmente no la deseamos. Decir te extraño y no recibir respuesta a la pregunta ¿cuándo nos vemos? Es odioso. En esta era de comunicación digital, impersonal, intemporal, confieso que cuido qué le digo a la gente: como cuando insultamos en otro idioma que no es el nuestro, podemos escribir muchas cosas sin realmente sentirlas. De quienes no son amigos míos en la realidad, pero quieren serlo en el mundo virtual, mejor ni hablo.

¿Seré muy gruñona con la tecnología y las relaciones humanas? ¿Seré muy gruñona ante las relaciones humanas?

*Si alguien se preguntara porqué ando dando el rol con Mentiroso, les voy a decir, nomás para que no me anden preguntando y extrañándose tanto: porque después de estar tan enojada con él, me desenojé y no puedo negar que es uno de mis más grandes amigos.

Ahí les dejé café

En una época en la que cruzaba yo por los distintos círculos del infierno de Dante – no quise detenerme en ninguno en particular, si ya me habían enjuiciado, mejor recorrerlos todos – supe de un video, que gracias a mi condición de paria nunca vi, pero que parecía interesante… hasta que lo olvidé por completo. El olvido se rompió hace un par de meses, yo creo, cuando René Franco mencionó el título de aquel video que nunca vi: La pelota de letras. En ese momento tuvo toda mi atención.

Resulta que el comediante Andrés López venía a México con, no uno, sino dos espectáculos: La pelota de letras y Me pido la ventana. Hice un poco de investigación… a mí me encanta el stand-up, desde Rita Rudner hasta Eddie Murphy, pasando por Robin Williams y Whoopi Goldberg sin olvidar a George Carlin. El arte del stand-up es muy difícil porque es, simplemente, un monólogo. No hay otro personaje en el escenario así que el comediante debe arreglárselas para mantener al público atento y en una carcajada tanto tiempo como dure el show.
Vi algunos videos de Andrés López, teniendo en mente la recomendación de Franco “no se lo pierdan, luego no digan que no les dije”. Y tenía razón, los extractos eran geniales.

Lo pensé mucho antes de comprar mi boleto, la verdad, pero decidí que quería ir con una amiga porque sabía que lo disfrutaría mucho. Así que compré dos boletos. Cuando le dí la noticia a mi amiga, resultó que ese fin de semana no podía. Me desilusioné mucho porque de verdad quería que fuera y porque me enfrentaba al problema de a quién pedirle que fuera conmigo: desperdiciar ese boleto, no era de dios.

Le dije a dos personas más y ninguna podía, así que pensé en la posibilidad de decirle al Vikingo, pero no me convencía la idea así que le dije a Mentiroso y el me dijo que sí. Así que ya tenía con quien ir.

Tenía mucha curiosidad por ver el show, porque Andrés López tiene otra peculiaridad: es colombiano y bueno quería saber cómo iba a traducir de colombiano a mexicano. Es necesario, a veces parece que no, pero quien lo dude pregúntele a Virulo, que es cubano, si no se necesita traducción aunque todos seamos latinoamericanos.

Así que allá fuimos. El show que vimos (Pelota de letras) describe a las diferentes generaciones que integran nuestra sociedad, desde la W hasta la AA, siendo la W la de nuestros abuelos y papás y la AA la de nuestros hijos. Es simplemente genial la descripción que hace de cada una de ellas y se puede apreciar que no somos diferentes, que somos asombrosamente parecidos y que la barrera cultural es salvable. Si bien no hubo una completa tropicalización al mexicano (en tres días está difícil) sí hubo momentos en los que se traducía, de manera simultánea del colombiano al mexicano y al castellano (es decir, lo que dicen que hablan en España, que no es Cataluña). Magnífico, yo le aplaudí de pie.

Mentiroso, que es público difícil, estaba encantado. Yo lo oí las tres, sí tres, horas morir de risa, yo casi me caí de la silla. Fue un espectáculo memorable, si vuelve yo regreso a verlo. Casi no hay palabras para describir lo que este hombre cuenta en el escenario que es tan cercano a todos y a la vez visto desde un ángulo tan ridículo y real que uno no puede menos que reírse de sí mismo.

Si tuvieran la fortuna de encontrárselo en algún lugar del mundo no dejen de verlo, les va a encantar. Esta vez me perdí Me pido la ventana, pero ya compraré el DVD.

Beginners, Bridesmaids, Inadaptados

Todavía tengo que comentar un espectáculo además de estas películas, pero vale la pena hacer un recuento de las tres.

Beginners es una película simplemente hermosa. Explora la vida de Oliver después de que muere su papá y los recuerdos que tiene de su vida siendo un niño y en los últimos meses de la vida de su papá, quien decide salir del closet a los 75 años y mostrarle a Oliver un amor de pareja como jamás lo vio mientras sus papás estuvieron casados. Todo esto sumergido en la vida corriente de Oliver y su romance con una chica impredecible y con su propia bolsa de sorpresas. Es altamente recomendable, yo lloré. Hay cosas muy tiernas dentro de la historia que no pueden verse con los ojos secos.

Bridesmaids por otro lado es un vistazo a lo que sucede con un grupo de mujeres antes de una boda. La protagonista está al borde de tocar fondo y lo logra. Lucha contra sus propias inseguridades, el desastre que se ha vuelto su vida y, encima, tiene que competir con la nueva amiga de su mejor amiga de años, quien quiere que se haga cargo de los detalles previos a la boda. Es una película graciosa que explora las relaciones entre mujeres que se ven forzadas a estar juntas en una situación de mucho estrés, que pone a prueba tolerancia y amistad queriendo ser el centro y el amor de por vida de la novia.

Por último vi Los Inadaptados. La verdad es que siempre le he tenido esperanza al cine nacional. Cuando aparece algo que me parece interesante voy a verlo. A veces es una gran decepción y a veces es un gran acierto. Esta es un acierto definitivamente. Es graciosa, inteligente y aunque a veces parezca que uno o dos de los protagonistas está sobreactuado, arranca risas. Es una película sobre la vida en general y cómo es que no estamos solos en nuestros más negros momentos, siempre habrá alguien que comparta nuestra situación y también, a veces, encontraremos a alguien o algo que nos saque de ella y nos devuelva a un camino más brillante.