¿Con quién hablo?

He adorado a Jorge Ibargüengoitia desde hace años y, ahora que es Halloween, pensé en reproducir uno de sus artículos: se trata de un cuento de humor/terror de la vida real. A mi me causa mucha gracia y me pone a pensar si hay algo más allá de la muerte y si hubiera alguien que se comunicara conmigo quién sería y qué me diría.

Para noche de brujas:

¿Con quién hablo?

De Jorge Ibargüengoitia

Leí en el papel las letras mayúsculas escritas a mano:

“m v o r t s g h o r o

x a n a c v w r j i p

f u c a d s g …” etc.

Gilberto Sullivan me miraba con impaciencia.

–¿Entiendes lo que dice? –preguntó.

–¿Mvortsghoro o fucadsg?

Me quitó el papel y señaló las letras que estaban al final del primer renglón y al principio del segundo.

–Aquí dice “Roxana”.

Era la transcripción parcial de los resultados de la primera sesión de espiritismo, a la cual no asistí. Gilberto Sullivan había llegado un medio día a mi casa, me había mostrado el papel y relatado lo que había ocurrido la noche anterior. Varios amigos se habían reunido en el departamento de León y Salka Jitchkov y, sin muchas ganas, casi por aburrimiento, habían improvisado una ouija. Habían escrito las letras del alfabeto en pedacitos de papel, las habían puesto formando una circunferencia sobre una mesa para café, habían agregado otros dos pedacitos de papel con las palabras “sí” y “no”, habían puesto sobre la mesa, boca abajo, el vasito más ligero que había en la casa, sobre el cual dos de los concurrentes habían colocado las yemas de dos dedos, apenas tocándolo, hasta que el vaso, sin que nadie lo empujara, había empezado a deslizarse sobre la mesa y llegado hasta las letras. Habían apagado la luz eléctrica, encendido una vela y hecho la transcripción que teníamos enfrente.

–Berta me envió un mensaje –dijo Gilberto Sullivan.

Berta, su esposa, había muerto dos años antes.

–¿Qué te dice? –pregunté.

–No se entendió claramente.

Además de Roxana, habían estado en contacto con otro espíritu, llamado “Mening”, que les había prometido “manifestarse” la noche siguiente, es decir esa noche.

–¿No quieres ir?

Dije que no. En parte por incrédulo, pero sobre todo por celos sociales: me molestaba que mis amigos se hubieran reunido en casa de León y Salka sin invitarme.

En la segunda sesión, que Gilberto me describió al día siguiente, ocurrieron fenómenos inexplicables. Mening cumplió lo que había prometido y se manifestó varias veces. Pidió que apagaran la vela, que se pusieran de pie y se tomaran de las manos hasta formar un círculo, que caminaran de lado hasta completar una vuelta y que luego se soltaran y guardaran silencio. Al cumplir con estas instrucciones oyeron, en una ocasión, voces extrañas, que provenían de un librero, que parecían quejarse en un idioma ininteligible; en otra, un ruido que les pareció sobrenatural y que resultó ser el que hacían todas las llaves del agua que había en la casa, que un instante antes habían estado cerradas, chorreando a toda capacidad. La tercera manifestación fue la más impresionante: Mening la había anunciado para las dos de la mañana en punto: ellos apagaron las luces, hicieron la rueda, giraron, se soltaron, guardaron silencio y no pasó nada. Cuando cada uno pensaba que no iba a haber manifestación, dice Gilberto que sintió “que había una presencia” a su espalda.

Dejó su lugar en el círculo y procurando no hacer ruido fue a la puerta del departamento y la abrió. Frente a él, en el pasillo iluminado, había una figura de mujer.

Varios gritaron aterrados, inclusive la mujer que estaba en el pasillo, que era la criada de León y Salka, que había tenido el día libre, regresaba a la casa muy tarde y estaba desde hacía un rato con la oreja pegada a la puerta, porque al ver la rendija se había dado cuenta de que la sala estaba a oscuras y sin embargo oía adentro ruido de pasos y de gente que se movía.

Decidí asistir a la tercera sesión y a todas las que siguieran.

Como suele ocurrir cuando tiene uno esperanzas de ver algo notable, esa noche no ocurrió nada extraordinario.

–Hubieras venido ayer, cuando oímos las voces –dijo Salka, que era la más perturbada.

Logramos contacto varias veces con Roxana, pero después de deletrear su nombre, el vasito se iba deteniendo en letras cuya secuencia no tenía ningún sentido, s m o r v d r o r, por ejemplo.

–Pregúntale si quiere decir “smorgasbord” –dijo David Jitchkov, hermano de León.

–¿Quiere decir “smorgasbord”? –preguntó, con los ojos cerrados, Horacio Recto, uno de los que estaban moviendo el vasito.

El vasito se desvió abruptamente y fue a parar encima de la palabra “no”.

Cambió la pareja que ponía los dedos sobre el vasito y cuando éste empezó a deslizarse muy lentamente, Olga Felegrini, que en tres noches de aprendizaje había adquirido un tono profesional, preguntó:

–¿Hay alguien aquí presente?

“Sí.”

–Dinos tu nombre.

“No.”

–¿Eres hombre o mujer?

e l l a.

–Es mujer –dedujo en voz alta Miriam, la esposa de David Jitchkov.

Ignorando esta interrupción, Olga preguntó:

–¿Tienes algún mensaje para alguno de los que aquí estamos?

“No.”

–Pregúntale si podemos hacerle preguntas –sugirió Salka.

Olga hizo la pregunta y el vasito dijo “sí”.

Hubo un momento de confusión, porque nadie se había puesto a pensar qué cosa se le puede preguntar a un espíritu. Hubo sugerencias: que cuántos años tiene, o que cuántos años tiene de muerta, o qué edad tenía cuando murió, o de qué se murió, etc.

–¿Cómo es el más allá? –preguntó, de motu proprio, Olga Felegrini.

i g u a l q u e a c a.

A pesar de respuestas como esta, a la mayoría de los asistentes nos pareció fascinante la sesión. Aunque los mensajes fueran indescifrables o completamente banales, en la ceremonia que hicimos había algo, si no sobrenatural, cuando menos fuera de lo común. Yo sentí –o creí sentir– que mis dedos apoyados levemente sobre el vaso, sin aplicar ninguna fuerza, lo hacían deslizarse sobre la superficie de la mesa hasta llegar a una letra y luego a otra, y a veces la sucesión de estas letras formaba una palabra. ¿No era esto suficientemente notable? Estábamos en comunicación con… algo.

Nos reuníamos todas las noches. A veces sin resultados, otras, ocurrieron cosas francamente espectaculares. León Jitchkov, a pesar de ser el más escéptico del grupo, era el que tenía más suerte, o mejor disposición para mover el vasito: la mayoría de los contactos con Mening o con Roxana ocurrieron cuando él era uno de los operadores. En cambio, Gilberto Sullivan, Salka y yo, que estábamos convencidos de estar en contacto con los espíritus, teníamos mala influencia y nuestras intervenciones generalmente inmovilizaban el vasito o bien lo hacían formar palabras sin sentido. Pero no era cuestión de convencimiento, porque Horacio Recto y Mario Felegrini, que tenían fe, eran buenos médiums. No recuerdo qué efecto tenían sobre la ouija ni David Jitchkov, que era escéptico, ni Miriam su esposa, que era creyente. Olga Felegrini era excelente para tratar con los espíritus y hacerles preguntas con voz solemne; Ifigenia Trejo tenía, en cambio, una intuición notable para separar las palabras y predecir la siguiente letra en que iba a detenerse el vasito. Todos desconfiábamos de Salvador Trejo, porque era un cínico en la vida real y pretendía –sospechábamos– creer a pie juntillas que todo lo que ocurría en las sesiones era realmente sobrenatural. Gilberto Sullivan estuvo convencido, desde la primera sesión hasta la última, de que todos los mensajes recibidos iban dirigidos a él. Horacio Recto dejó de asistir a partir de la quinta o sexta sesión, porque empezó a tener experiencias sobrenaturales en su propia casa: un íncubo, nos dijo, se había metido en su recámara. Una noche, después de una sesión que nos pareció larguísima y especialmente aburrida, logramos contacto con un espíritu que dijo haber sido mujer y que al ser interrogado por Olga Felegrini respecto a su vida contestó:

f u i m a l a v e s t i d e r o j o.

Después de señalar estas letras, el vasito –no recuerdo quién lo movía– empezó a moverse con tanta violencia que se cayeron los papelitos y tuvimos que suspender la reunión. Otra noche Mening anunció que iba a manifestarse “por medio del agua”, pero a pesar de que tomamos las medidas de costumbre y repetimos las providencias varias veces, no pasó nada. Pero a la mañana siguiente, cuando Salka entró en el baño, encontró, parado en el tubo de la regadera, un canario. Salka dice que tuvo al principio un sobresalto, pero que se dominó y logró coger el canario y meterlo en una jaula vieja que tenía en la casa. El canario parecía muy tranquilo. Salka no sabía si estaba ante un canario común y corriente que se había metido accidentalmente por la ventila del baño, que siempre estaba abierta, o ante una manifestación de Mening que hubiera pasado inadvertida la noche anterior. El caso es que Salka dejó el canario en la jaula sobre la mesa de la cocina. Cuando terminó de arreglarse, regresó a la cocina y encontró la jaula vacía.

En otra ocasión nos reunimos en la casa de los Felegrini, que tenía piso de duela y una escalera en la sala que conducía a la parte superior. Las instrucciones que dio Mening esa vez para preparar su manifestación fueron diferentes: en vez de hacer la rueda tomados de la mano, deberíamos hacerla poniendo las dos manos sobre los hombros del que iba adelante, y dar tres vueltas en vez de una sola. Obedecimos. Al principio oíamos en la oscuridad los pasos de los ocho caminando sobre el piso de duela, pero a la segunda vuelta el ruido de los pasos se transformó hasta convertirse en una especie de quejido que, a mí, cuando menos, me pareció aterrador. Cuando encendimos la luz nos dimos cuenta de que habíamos estado caminando sobre azúcar granulada que alguien había regado en el piso. A la siguiente manifestación nos cayeron a varios, sin lugar a dudas, unas gotas de agua. A la tercera se cayó un biombo ruidosamente. A la cuarta, aparecieron unas letras ilegibles, pintadas con gis, en un cuadro antiguo. En un descanso que tuvimos, varios entramos en la cocina a comer algo y de pronto vimos que a Salvador Trejo “se le oscurecía el semblante”. Dijo:

–Miren.

Vimos que la puerta del clóset se abría lentamente, sin que nadie la empujara ni nadie la hubiera jalado.

En la segunda parte de la sesión logramos establecer contacto con Roxana. Pidió que Salka subiera al baño del primer piso y viera lo que había en la tina. Salka dijo que se sentía demasiado nerviosa y no quiso ir sola, por lo que Gilberto Sullivan se ofreció a acompañarla. Los vimos subir la escalera y caminar por el pasillo del primer piso y después no vimos nada, porque se apagaron las luces. A tientas busqué el camino hacia la entrada de la casa, en donde supuse que estaría el medidor. Cuando llegué al vestíbulo se encendió la luz. Allí, en efecto, estaba el medidor y Felegrini tenía la mano en el interruptor.

–Cabrón –le dije.

Él me hizo seña de que no dijera nada. Regresamos a la sala en el momento en que Salka y Gilberto Sullivan bajaban por la escalera. Parecían diez o veinte años más viejos: Salka se apoyaba en Gilberto, ambos caminaban lentamente.

–Felegrini apagó la luz –dije.

Todos se molestaron. Gilberto y Salvador Trejo le dijeron a Felegrini que por hacer una broma tonta había desvirtuado una serie de experiencias de lo más interesante.

Ni Salka ni Gilberto alcanzaron a ver si había algo en la tina, porque la luz se apagó en el momento en que descorrían la cortina de plástico y salieron del baño a oscuras. Salka se negó a subir otra vez. Otros subimos al baño y no encontramos nada en la tina, pero, después de todo, Roxana había pedido que Salka subiera, no que los demás subiéramos.

Decidimos hacer una pausa en nuestras sesiones y suspender la siguiente, porque todos, o casi todos, comprendíamos que nuestras relaciones con los espíritus –o lo que fuera– estaban afectando nuestras vidas considerablemente.

 

Durante esa temporada los días eran para mí no sólo llenos de luz, sino lógicos. ¿Cómo es posible, pensaba de día, que cuando alguien se muera se quede flotando por allí parte de la personalidad del difunto, sin otra función que la de asistir a reuniones de ociosos, hacer suertes –llamadas manifestaciones– y contestar preguntas que son completamente idiotas –igual que las respuestas? Pero se metía el sol y todo lo que me circundaba parecía lleno de amenazas y de significados ocultos.

Al día siguiente de la reunión en casa de los Felegrini pasé la mañana escribiendo y en la tarde fui al cine Latino. Cuando terminó la función y salí a la calle era de noche.

Caminé por Reforma hasta llegar a la esquina y di la vuelta en la calle de Génova. Avancé unos metros y me detuve. A tres cuadras de distancia, en la marquesina del cine Insurgentes, alcancé a leer, en letras rojas de neón:

r o x a n e

Fui hacia el letrero con una mezcla de curiosidad y temor. Al llegar a la taquería que estaba entonces enfrente del cine –esto ocurrió antes de que construyeran el Metro– me di cuenta de que lo que había visto era una casualidad rarísima, pero al mismo tiempo perfectamente natural: el letrero decía en realidad “próximamente”, pero se habían fundido los tubos de varias letras hasta quedar nomás Roxane. Acababa de hacer esta reflexión cuando me di cuenta de que debajo de la marquesina estaban los Trejo. Crucé la calle antes de que ellos me vieran y al acercarme me di cuenta de que estaban peleando.

–Ah, hola –dijo Salvador y me explico el motivo del pleito:

Ifigenia había aceptado una invitación a cenar con un grupo en el que había una mujer que, según Salvador, era lesbiana y pretendía seducirla. Salvador había entrado en el restaurante de chinos en donde los otros estaban esperando a que les trajeran la cena y había sacado a Ifigenia a jalones. Habían caminado dos cuadras discutiendo hasta detenerse debajo de la marquesina del Insurgentes. Ifigenia, que estaba complacida de haber sido objeto de tanto celo, dijo que tenía hambre.

–¿Ya vieron lo que dice la marquesina? –pregunté.

Volví a cruzar la calle con ellos, que tuvieron la misma reacción que yo al ver las letras de neón. Decidimos que era una casualidad demasiado rara para ser natural coincidir los tres en aquel lugar a esa hora debajo de un letrero que decía “Roxana” –o “Roxane” – y que urgía hacer otra sesión.

Fue facilísimo convocarla, porque los Felegrini estaban a dos cuadras, en un ensayo teatral, y León y Salka estaban en su casa. Aparte de esto no pasó nada. Fue la sesión más inútil que tuvimos.

La siguiente reunión –que estaba destinada a ser la penúltima– fue en casa de David y Miriam Jitchkov, que vivían en las Lomas. Después de una comunicación con Mening, a alguien se le ocurrió buscar ese nombre en la enciclopedia que había en la casa. David sacó el tomo de la M y lo estuvimos hojeando. No encontramos Mening, pero sí “meninge” y “meningitis”.

–Debe ser un mensaje dirigido a mí –dijo Gilberto Sullivan–. Meningitis es la enfermedad que yo he de tener.

Volvimos a la ouija. Al cabo de un rato, Mening nos pidió que buscáramos su nombre en la enciclopedia. A Pesar de que acabábamos de hacerlo inútilmente, David volvió a sacar el tomo y volvimos a hojearlo. –“Mening”, por supuesto, no estaba, pero tampoco estaba “meninge” ni “meningitis”.

Ver aquella página de la que habían desaparecido sin dejar huella dos textos que yo acababa de leer fue para mí la experiencia más inquietante que había tenido hasta entonces. Sólo aparecía “meníngeo: referente o perteneciente a las meninges”, ¿cuáles meninges?

Después, Mening anuncio que iba a manifestarse, pero en la calle. Salimos a la calle –afortunadamente era muy noche y nadie nos vio–, hicimos la rueda agarrados de la mano y dimos la vuelta y nos soltamos. La casa de David y Miriam estaba en una plazoleta a la cual desembocaban varias calles que bajaban de la loma. Vimos primero una luz lejana, oímos un ruido y luego distinguimos los faros y el motor potente de un coche que bajaba la cuesta a toda velocidad. Parecía un fenómeno sobrenatural, pero afortunadamente dos cuadras antes de llegar a donde nosotros estábamos el coche se desvió y tomó una calle transversal. Respiramos aliviados. Entonces nos dimos cuenta de que la luz del portal, que estaba apagada cuando habíamos salido a la calle, se había encendido. Esta manifestación nos pareció banal, comparada con la desaparición de dos palabras en la enciclopedia o el coche bajando la cuesta.

 

–¿Ya supiste la noticia? –me preguntó Salka cuando llegué a su casa al día siguiente–, León y David confesaron.

–¿Confesaron qué cosa?

Mientras Salka explicaba lo que había ocurrido fueron llegando los demás. Cuando terminó el relato estábamos presentes todos. Dijo Salka que al ver los efectos que las sesiones espiritistas estaban teniendo en algunos de los asistentes –Horacio Recto dormía en un cuarto lleno de azucenas y ajos y Gilberto Sullivan había ido a una iglesia a pedir que le hicieran un exorcismo–, los hermanos Jitchkov habían decidido confesar la verdad: ellos habían empujado el vasito, inventado el nombre de Mening y adoptado el de Roxana, que había aparecido por casualidad en la primera sesión, ellos también habían arreglado las manifestaciones: las voces ininteligibles que salían del librero eran un radio pequeño sincronizado en onda corta, que León había tenido tiempo de encender mientras los demás daban vueltas en círculo agarrados de la mano, la manifestación por medio del agua se había logrado cerrando primero la válvula maestra del departamento, que conectaba con la tubería general, abriendo después todas las llaves de la casa y por último, cuando se apagaban las luces, abriendo la válvula maestra; ellos habían regado azúcar en el piso, nos habían echado chisguetes de agua contenida en globitos, habían sacado un tomo normal de la enciclopedia cuando buscamos el nombre de Mening y un tomo con agregados en el que vimos que habían desaparecido las palabras “meninge” y “meningitis”, etc.

El efecto de la confesión de los hermanos Jitchkov en los que habíamos sido sus víctimas fue inesperado. En vez de aceptar que las experiencias que habíamos tenido en las últimas semanas habían sido una ilusión cómica, todos, menos León y David Jitchkov, nos quedamos convencidos de que sí, había habido una serie de bromas, peso también había habido contacto con… algo.

La última sesión ocurrió en casa de los Trejo. Estuvimos presentes nomás León y Salka, Salvador e Ifigenia, Gilberto Sullivan, Horacio Recto y yo. Los Felegrini y David y Miriam no asistieron. Al principio parecía que iba a ser una sesión como todas las demás: Mening mandó un mensaje, que se iba a manifestar, pero, cuando esto iba a ocurrir, alguien encendió la luz antes de tiempo y vimos a León Jitchkov moviendo los botones de un radio en el que no se podía oír más que la Hora Nacional. Se puso de tan mal humor por haber sido descubierto que se acostó en un sofá y se quedó dormido.

Salka y Horacio Recto, los más inocentes del grupo, pusieron los dedos sobre el vasito. Vimos que empezaba a deslizarse, casi imperceptiblemente al principio, y después de una manera más definida.

–¿Hay alguien aquí? –preguntó Salvador.

“Sí.”

–¿Quieres dar algún mensaje a alguno de los que estamos aquí presentes?

Muy lentamente el vasito osciló cuatro veces y se detuvo.

k o k o.

–Es para mí –dijo Gilberto Sullivan.

Salvador pidió que repitiera el nombre de la persona con quien quería comunicarse y la ouija marcó:

k o k o.

En mi mente flotaba el recuerdo impreciso de algo ocurrido casi veinte años antes: era una partida de Gin Rummy entre mi tío Pepe Méndez, su hijo Jorge y yo.

–¿Por qué crees que se juntaron los Tres Grandes en Teherán? –me preguntó mi tío esa tarde– ¿Para discutir la ofensiva contra Alemania? No, Se juntaron para jugar Gin Rummy.

Mi tío Pepe Méndez, que llevaba la cuenta del juego, había hecho tres columnas en un papel y en la cabeza de cada una había puesto: “yo”, “coco” y “koko”, porque su hijo y yo nos llamábamos Jorge y a los dos nos decían Coco. A mí, por ser de los Cocos el mas extraño para mi tío, me había tocado la ortografía exótica.

–¿Eres pariente mío? –pregunté.

t i o.

–¿Cómo te llamas?

p e p e.

–¿Qué mensaje tienes?

d i l e a j o s e f i n a q u e l a

a m o q u e l a a m o.

–¿Quién es Josefina? –pregunté.

l a e s p o s a d e c h a r l i e.

Sentí un escalofrío, porque el hermano de mi tío Pepe –que era pariente político mío– se llamaba Carlos Méndez. Su esposa era una actriz conocida, pero no pude recordar entonces ni su nombre ni su apellido.

–¿Qué profesión tiene?

t e a t r o .

–¿Cómo se apellida?

m o r e n o d i l e q u e l a a m o q u e l a a m o q u e la a m o…, etc.

Cuando llegué a mi casa, entré en el cuarto de mi madre y la desperté.

–¿Cómo se llama la esposa de Carlos Méndez? Me contentó casi inmediatamente:

–Josefina Moreno.

–Gracias. Que pases buena noche –dije y salí del cuarto.

Ni a Josefina Moreno, ni a Carlos Méndez ni a mi madre les dije lo que había pasado. Ahora ya no importa y es demasiado tarde: los tres están muertos. ~

© Vuelta, 24, noviembre de 1978

de http://www.letraslibres.com/revista/convivio/con-quien-hablo?page=0,0

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Desencuentros

Hace un tiempo platicaba con el Doctor sobre alguna cosa que ahora no recuerdo, pero que nos llevó a pensar en nuestros ex, particularmente acabamos con ejemplos de las dos relaciones más largas que hemos tenido y que fueron significativas -además de la que tenemos el uno con el otro que es de casi de 10 años, no juntos todo el tiempo, pero en 10 años hemos sido incapaces de evitarnos-. Me decía que no es amiga aquella mujer -o amigo, el hombre- que nos busca solo cuando anda necesitado de atención. Estoy de acuerdo, el Doctor también opina que una amistad está basada en un intercambio: todos obtenemos algo de nuestras relaciones hasta que ya no y es entonces cuando la amistad acaba. Es posible, tal vez haya más tonos de gris en eso.

En fin, el hecho es que su ex lo andaba buscando porque necesitaba hablar de su relación actual. Eso no le gustó, porque, me decía, en cuanto se arregle su asunto me va a botar y ¿cuáles amigos? Tiene una política muy parecida a la mía de no ser amigo de sus ex (aplausos), porque opina que no hay por qué andar metiendo posible ruido en la relación actual de esa persona.

En esas estábamos cuando me acordé de dos exnovios que fueron amigos míos en Facebook. La historia es muy simple: a uno tenía más de diez años de no verlo ni tener contacto con él y del otro tenía otros tantos, menos, pero se le acercaba bastante. En fin, como los encontré en FB pues nos hicimos amiguitos. Debí ser estricta con mis convicciones: en poco tiempo uno de ellos me borró y después de una salida que tuve con el otro hace casi dos años, sucedió lo mismo.

Ninguno de los dos me dio una razón para deshacerse de mí , ni siquiera cuando confronté a uno de ellos. Nomás me dio la vuelta y hasta priísta me dijo… cobarde ¿qué le costaba decir algo así como “es que ya me caíste gorda” o “mi novia me pega si te hablo” (se dan casos)? Está bien, ni que uno fuera monedita de oro y yo no voy a andar mosqueando la relación de otro. El otro ex, supongo que sí le caí gorda o consideró que yo no era lo que esperaba que fuera después de tantos años de no vernos…  también tengo otra sospecha, pero es solo sospecha que no me atrevo a comentar y que sería muy soberbia de mi parte -y no, no tiene que ver con un “si estuviéramos…”-. En fin.

El hecho es que los dos, en su muy particular forma, me recordaron quiénes son, cómo son y por qué ya no tenía relación con ellos. No sé si yo cambié o no, pero, a mis ojos, ellos no cambiaron nunca.

El jinete sin cabeza

Es la época del año otra vez. Empieza a sentirse el invierno, pero antes de que llegue celebramos diferentes fiestas que tienen que ver con éste mundo y el más allá.

Para nosotros, que vivimos en México, celebramos lo que coloquialmente conocemos como el Día de Muertos. Esta festividad realmente se divide en dos: el día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos – 1 y 2 de noviembre, respectivamente -. Y conocemos la costumbre: altar, comida y fiesta para acercarnos a quienes extrañamos en este plano.

En la cultura celta y la Wicca, se celebra Samhain. Esta palabra significa “fin del verano” y es una época en la que este mundo y el siguiente se tocan, por eso es la mejor época para contactar al mundo espiritual y se celebra el 31 de octubre.  En esta fecha se honra a  los muertos y se cree que vuelven de sus tumbas a visitar a sus familiares, es por eso que se deja una luz exterior encendida, para que las almas encuentren el camino de regreso a casa. Esta tradición se mezcló con el folklor católico y el papa Gregorio III instituyó el 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos, la noche anterior se llamó víspera de todos los santos (All Hollows Eve ¿les suena?).

Claro, no es tan fácil. Durante esa noche, en tiempos medievales, pordioseros iban de casa en casa y se les daba pan (soul cakes) a cambio de rezos por aquellos familiares que pudieran estar en el purgatorio y alcanzaran el cielo. Esta costumbre después adquirió máscaras y disfraces. En Inglaterra después de la condena y ejecución de Guy Fawkes – recordar V for Vendetta – , se instituyó una celebración con fogatas y travesuras durante el 5 de noviembre. Cuando los ingleses llegaron a América, poco a poco empezó a gestarse lo que es Halloween hoy, empezando por mezclar la noche de todos los santos con la festividad de Fawkes. Luego, con la leyenda irlandesa de Jack y su nabo encendido se dio paso a las calabazas talladas (Jack o’lantern).

Otra costumbre traída desde Irlanda era que los niños y jóvenes arrojaban piedras a ventanas durante esta fiesta. Un poco rudo, si me preguntan. No obstante estas “travesuras” escalaron a principios del siglo 20 a causa de la Gran Depresión, ya que la gente estaba muy desesperada y encontraron una salida a su frustración causando destrozos y tragedias; ya no eran bromas inocentes, era pleno comportamiento vandálico. Así la sociedad civil se esforzó por cambiar la noche de Halloween de una noche de bromas vandálicas, a una noche de fiesta, especialmente para los niños. Se desarrolló e impulsó el uso de disfraces.

Para detener las bromas pesadas y el vandalismo se dio otro giro y otra costumbre durante la noche del 31 de octubre: broma o dulce (trick or treat). Las marcas de dulces que conocemos florecieron y, gracias a esta nueva costumbre, el vandalismo paró y llegó la nueva era de Halloween, con dibujos animados y todo.

Atendiendo precisamente a los dibujos animados, recordarán que mi dibujo animado para la época es El Jinete sin Cabeza, versión Disney, y que además es mi espanto favorito.

Ahora que tenemos opciones tan monas en Facebook decidí cambiar una de mis fotos por mi espanto favorito y encontré un dibujo del jinete de Scooby Doo que me llevó a un simpático blog  con una gran entrada – Legend of Sleepy Hollow – en la que el autor dice que lo que entiende durante Halloween es a Scooby Doo ya que, como yo, opina que es la caricatura perfecta para Halloween: llena de espantos y fantasmas.

Un día de sol

Hace un par de fines de semana estaba con mis papás y unos amigos sentados en un porche comiendo chicharrón con guacamole. Como estábamos en un residencial, pues había más gente, entre otros, niños.

Yo siempre he mantenido que los niños no son mis criaturas favoritas. Esto es porque simplemente carezco de un chip que me permite entenderlos, no obstante, jamás he tenido problemas conviviendo con mis primos, por ejemplo: a algunos les llevo 16 años de edad… y tan amigos.
No estoy segura de porqué con unos niños me llevo bien y con otros no tanto, al grado de evitarlos, pero tengo una idea que no dudo esté cerca de la realidad.

Ese día, sentados en el porche, veíamos a los niños jugando. Yo no tengo problema con que los niños jueguen, me parece correcto que tomen una pelota y le den de patadas. Con lo que ya no estoy muy de acuerdo es que, pateando la pelota, la proyecten contra puertas y ventanas como lo estaban haciendo ese día. Díganme anticuada, pero ese comportamiento no me parece adecuado.
Todavía peor cuando esa pelota pasa a centímetros de la cabeza de mi papá y mucho más grave cuando casi cae en el guacamole. Esa segunda vez, yo caché la pelota y decidí que ya era suficiente. Si nadie se iba a inmutar por esto, yo sí. Así que, tomé la pelota y la aventé hacia dentro de la casa en la que estábamos. Yo no iba a devolver esa pelota hasta que me fuera porque no me da la gana que unos niños me peguen con ella.

Mis papás me vieron como si les hubiera quitado a ellos la pelota.

Al rato regresaron los niños, diciendo que su mamá (o papá, pero para efectos no importa) decía que les devolviéramos la pelota. Nunca oí un “perdón por molestarlos” o algo similar. Sin embargo sí se fueron a jugar a otra parte, lo cual fue muy bueno para mí.

¿Por qué no me agradan estos niños? Es muy simple: son unos maleducados y nadie como Whoopi Goldberg para explicar qué falló en la crianza de algunos niños y las consecuencias que acarrea.

Cuentos de fantasmas

Yo A-DO-RO, del verbo, yo A-MO – si han visto la sección de Demóstenes del Almohadazo, entenderán mejor el tono- esta historia. Ya sé que es gringa, pero por mucho tiempo fue la única historia de espantos que me asustó al punto de no poder ver los desenlaces en sus diferentes versiones.

Esta, por mucho, es mi favorita. Me recuerda a mi infancia y el terror que suponía la historia de Ichabod Crane, supersticioso maestro de escuela que encuentra un destino incierto en Sleepy Hollow.

Antisocial

No soy la más agradable de las personas: no me gusta que un vieneviene me diga donde debo estacionarme y que además me cobre por ocupar un pedazo de calle que no le pertenece a nadie. No me gusta entablar conversaciones con los taxistas, me parece que su trabajo es llevarme a dónde voy y ya. Que alguien me dirija la palabra en el pesero, me parece ya el colmo y que alguien se pase de astuto en la calle tratando de llamar la atención, solo es buen pretexto para ignorarlo. Hubo una vez en que una de mis amigas le dijo a alguien más, hablando de un tercero que quiso, infructuosamente, entablar conversación con nosotras “parece algo raro y ya ves que a ésta no le cuesta nada mandar a alguien a la chingada”. Y pues no… realmente no me cuesta, no me veo en la obligación de sonreírle a todo el mundo y que todos me caigan bien, aunque tengo que decir que me he moderado un poco en mis modos y los tengo más conscientes. En consecuencia, hay poca gente con la que entablo una amistad.

¿Esto me ha traído problemas? A veces. De vez en cuando alguien me reclama una mirada o algo que digo… nunca voy a olvidar a una chica con quien estaba platicando: yo le contesté una pregunta o di una opinión, ya no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que, en completo azoro, me dijo “AAHH! You are a bi-a-ch”. Naturalmente yo le contesté que sí y que nunca lo he negado. A la pregunta de cómo es posible que me dedique a lo que hago si rayo en la misantropía, la respuesta es simple: los humanitos son criaturas dignas de observación, tenerles cariño ya es diferente.

Mi hermana me dice Daria y también Señorita Gelphie… creo que eso lo resume todo.

Llamados de media noche

Ayer soñaba… realmente no importa lo que soñaba, el hecho fue que desperté escuchando que alguien llamaba a mi ventana.
Mi ventana da al ras de la calle y durante un año entero no había tenido ningún incidente extraño.

Despúes de darme cuenta de lo que estaba pasando me dio miedo… pensé en las posibilidades en que ese alguien tocando mi ventana empezara a gritar, luego que tuviera una piedra y decidiera que era buena idea romper alguna de ellas. Afortunadamente se fue… solo para regresar cuando estaba soñando de nuevo.

No solo pasé un susto anoche, también tuve una mala noche gracias a que alguien por alguna razón decidió que era buena idea probar suerte en mi casa, a ver si alguien le abría en la madrugada.

Si alguien conoce al individuo, individua, planta, animal, mineral o quimera que tocó a mi ventana, díganle que no lo haga más… me levanto con sueño.

Willis

Un día una persona a la que quise muchísimo me escribió que le parecía que yo podía hacer cosas de manera desinteresada, que eso era difícil de hacer. Supongo que en ese momento de mi vida y con esa persona en especial sí fue así. Me decía en ese párrafo que amar incondicionalmente es la única manera de hacerlo. Estoy de acuerdo. Pero he olvidado como lo hacía.

Desde entonces he cambiado lo suficiente para que ese momento no se repita, se convirtió en único. Y hay muchos de esos.

Conforme crecemos las cosas se hacen menos simples, se enredan, las enredamos, hasta que no sabemos cuál es el principio y cuál es el fin. No recordamos exactamente los sucesos y al final del día tampoco es tan importante, si para uno es primordial desenredarse hasta saber qué es lo que queremos ¿importa si lo que deseamos no es lo que desean los demás? Pues no en realidad porque nadie más va a vivir lo que nosotros viviremos, nadie más tendrá las experiencias que nosotros tengamos. Las consecuencias son nuestras, cualquiera el camino.

A veces las consecuencias llevan a que nos dejen, a que reevaluemos quienes somos y quienes queremos ser. Aceptar las consecuencias no es fácil sobre todo cuando no tenemos con quien rebotar ideas, cuando tenemos la sensación de que, no importa a quién lo comentemos, no es posible transmitir todo lo necesario para que el otro entienda.

En ocasiones, por suerte, uno no se taladra con los “hubiera” porque no tiene caso. Lo mejor en esas ocasiones es apostar porque las cosas tomen forma nuevamente, una nueva forma. Cualquiera que esta sea será mejor que algo sin forma e indefinido y definiéndolo podemos definirnos y salir incluso renovados.

Si los errores nos definieran, yo estaría pagando un par de cadenas perpetuas.

Las ventanas

Un hombre puede cambiar todo. Su cara, su casa,

su familia, su novia, su religión, su Dios.

Pero hay una cosa que no puede cambiar.

No puede cambiar su pasión…

 

Todo entra por los ojos: la belleza, los colores… el amor.

¿Qué sale de ellos? Por mucho tiempo, más del que yo habría deseado, he mirado una ventana. Siempre, a cualquier hora del día: una ventana. A veces está iluminada, a veces a oscuras, a veces hay personas, a veces está sola. A veces se puede adivinar que la puerta está abierta y otras que está cerrada.

Recrimino constantemente esa mirada, pero aunque sabía por qué, creí que era un secreto mío. No es un secreto mío, realmente me recrimino el voltear porque de esa mirada se me escapa algo que nadie debe saber, que nadie debe conocer más que yo. No sé si alguien más lo sabe, ahora que lo escribo todos van a darse cuenta de lo que pasa, pero no importa. Siempre he sido la última en saber que todos saben lo que yo trato de esconder.

¿Qué sale de los ojos? ¿Qué sale de tus ojos?

This is it

El otro día renté This is it, el documental del concierto que nunca llegó a dar Michael Jackson. Me dio curiosidad porque yo crecí con la influencia de MJ en muchas áreas: no recuerdo Off the wall, pero recuerdo la grabación de We are the world: como los cantantes se reunieron en el estudio y dirigieron palabras sobre la situación en África. También me tocaron los rumores sobre espejos en los zapatos, porque de otra manera no concebían el Moonwalk. La histórica entrevista con Oprah en la que casi no dijo nada. Thriller como el video que revolucionaría la manera de hacerlos y después con Dangerous, primero Black or White y después con Remember the time. Además, claro, del tour a principios de los noventas al que asistí con mis hermanas.

El día que Jackson murió me avisó una amiga desde el otro lado del mundo y yo no lo pude creer, de hecho creí que era o un truco publicitario o un error. De veras, en mi cabeza no cupo. Muy pronto descubrí que era verdad.

¿De qué se murió? Tanta especulación hubo… yo no podía pensar a qué se había debido. En serio, la palabra drogadicción y Michael Jackson no iban juntas en mi vocabulario y en verdad me pregunté de qué se había muerto, porque ya eso para mí era increíble. Había sobrevivido tanto siendo un ícono que, bueno, el pensar que se fuera a morir ahora, a un paso de una gira mundial era impensable.

En fin, yo tenía curiosidad por ver This is it y la verdad es que, como documental no es extraordinario pero la oportunidad de saber lo que pudo ser ese tour es increíble. Michael Jackson lo iba a hacer otra vez, dejaría al mundo boquiabierto con la superproducción que estaba preparando.

… y pensándolo bien, a pesar de que nunca hubo tour, el rey sí se fue dejándonos boquiabiretos.