Maleficent

No hay nada peor que traicionar a un personaje, o lo que es lo mismo que: una cosa son los motivos del lobo y otra es volverlo perro al wey, en voz de Mentiroso.

Fui a ver Maléfica porque es mi villana favorita, más que Cruella Deville. Lo tiene todo, es como la Bruja Mala del Oeste, así de buena. De ésta última vi Oz, the great and powerful y leí Wicked… son dos maneras de contar la historia previa a la de El Mago de Oz. Ambas son magníficas, aunque cuentan diferentes historias.

Maleficent no cumple, por mucho, y queda a deber, porque, contrario a Tangeld o Frozen, que tienen un discurso similar – con todo y que Frozen no está bien contada – , ninguna de las dos traiciona al personaje como lo hace Maleficent. Si bien ninguna de esas dos cuenta el cuento tradicional, se cuenta como una historia nueva, lo que provoca que los personajes no tengan un precedente, sino que se vean completamente nuevos… no es lo mismo si tomas un personaje de un cuento tan famoso, tan integrado en el imaginario colectivo: todos conocen la historia de la Bella Durmiente y cómo es que la hechizan y cómo sale del hechizo y qué pasó con la bruja.

La película cuenta el antecedente de la Bella Durmiente y comente un terrible error: transforma el personaje de Maléfica en algo que no es y tuerce el cuento sin remedio: la historia originalmente contada se pierde por completo, carente de sentido y deja al espectador con una pregunta “Si la historia fue así ¿quién contó el primer cuento?”

Nunca mejor expresado: una cosa son los motivos del lobo, pero sigue siendo lobo, no se le domestica.

Am I grumpy?

La semana pasada, por cuestiones institucionales, estuve con varios de mi especie. La experiencia siempre es extraña, más extraña cuando alguien que no corresponde a mi círculo o que no me conoce me calcula menos edad – a veces mucho menos – de la que en realidad tengo. Esto es una molestia porque siempre da pie a bromas indeseadas y medio brutas. Pero a todo se acostumbra uno. Ese día no solo acabé con trece años menos, también con vino en mi falda, por eso me di a la huida con un amigo que hacía mucho no veía y que no me había dado cuenta de que extrañaba hasta que pasé más de diez minutos con él. Claro que como pésima amiga que soy, no he ido a visitarlo.

Esa noche acabé en una fiesta de disfraces, sin disfraz, súper cansada y cantando a Shakira porque no me sé otras canciones completas. Pero estuvo muy bien, hace mucho que no salía y agradezco infinitamente que me hayan sacado de la rutina de trabajo-tarea-dormir-trabajo-tarea-etc. Claro, no podía faltar dentro de la conversación “tu no naciste en ese año, acabas de sacar la cuenta” y “no se vale ponerse años” ¿qué mujer se ha puesto años?

Al siguiente día fui al cine porque están pasando el festival de Morelia en conocida cadena y había una que me había llamado la atención. Fui a ver La piel que habito… me tomó una hora, porque el cine no se había dado cuenta que en el paquete que les mandaron olvidaron precisamente esa. Y una plática extraña con un chico que, estoy segura, ha leído mucho sobre cine, visto muchas películas y lo mamón, seguro se le quita con la edad. También creyó que como él, yo nací en los ochentas ¡iluso! Extrañamente, cuando la película llegó al cine, se fue.

La piel que habito ha recibido buenas críticas, aunque hay quien no entendió los personajes o la historia le pareció un collage sin sentido. A mí me gustó, me pareció exquisitamente extraña y mi espera valió la pena. Si alguien quiere ir cuando la estrenen, que será a fin de mes, yo los acompaño.

Afortunadamente fue fin de semana de trabajo en equipo y como sabía que terminaríamos pronto, el domingo me fui a San Ildefonso con Mentiroso. Tenía ya un tiempo que no lo veía y lo extrañaba así que me lo llevé a ver a Ron Mueck y le gustó. Platicamos mucho, como siempre, y acabamos en La Lagunilla viendo teléfonos de disco que me encantan y cámaras fotográficas que le encantan. No compramos nada, pero fue útil saber qué se le puede regalar al Clerge si uno ocupare.

Estuve de un inusual buen humor, tan bueno, que preferí no decir nada para no molestarme con cualquier nimiedad, que es mi especialidad. Acabamos hablando de relaciones, es nuestro tema favorito. Nos fascina cómo nos comportamos frente a otros y como otros se comportan, los consejos que nos piden y cómo vemos que cometen grandes errores que no están dispuestos a aceptar. Me decía de una amiga suya que estaba harta de su ex pero parecía no querer realmente que la dejara en paz; yo le dije que muchas veces aceptamos atención que no deseamos antes que vernos solos. Muchos lo hacemos, pero estuvo de acuerdo conmigo en que si decidimos que eso queremos, no nos quejemos de la atención que provocamos.

Lo mismo, no hay porqué crear una expectativa cuando realmente no la deseamos. Decir te extraño y no recibir respuesta a la pregunta ¿cuándo nos vemos? Es odioso. En esta era de comunicación digital, impersonal, intemporal, confieso que cuido qué le digo a la gente: como cuando insultamos en otro idioma que no es el nuestro, podemos escribir muchas cosas sin realmente sentirlas. De quienes no son amigos míos en la realidad, pero quieren serlo en el mundo virtual, mejor ni hablo.

¿Seré muy gruñona con la tecnología y las relaciones humanas? ¿Seré muy gruñona ante las relaciones humanas?

*Si alguien se preguntara porqué ando dando el rol con Mentiroso, les voy a decir, nomás para que no me anden preguntando y extrañándose tanto: porque después de estar tan enojada con él, me desenojé y no puedo negar que es uno de mis más grandes amigos.

Midnight in Paris, el Vikingo y mis 32C

Media noche en París ha tenido un éxito avasallador, tanto que van a dejarla en cartelera el resto de agosto, según me informan.

Esto es que yo decidí dirigirme al cine a verla porque se me antojaba muchísimo. Si bien es cierto que no he visto muchas de Woody Allen, las que he visto me han gustado… excepto Vick, Cristina, Barcelona que, para mí, careció de punto. Será que soy boba y no entendí. La cosa con Media noche… es la siguiente: me gustó muchísimo pero tiene un aire a la Rosa púrpura del Cairo que no puede con él. No digo que es mala, la verdad tiene muy buenos detalles y también me hizo preguntarme si existe un uniforme para escritores o mejor aún, novelistas en ciernes.

Es posible que los incondicionales no la encuentren tan buena y yo los apoyo. Voy a decir porqué: vi el Cisne Negro de Aronofsky… tres veces. En ese momento supe que no era buena ¿por qué? Pues porque yo no soporto ver más de una vez una película de Aronofsky, tan fácil.

Pero en todo este embrollo decidí que no quería ver esta película yo solita, así que le dije al Vikingo que me acompañara. Claro que yo no contaba con que toda aventura con él es un enormisísimo faux pas… no encontramos boletos. Lo intentamos con Super 8 y Linterna verde (!) sin suerte. Luego nos dimos por vencidos y nos fuimos a beber. Pedimos dentro del restaurant porque no queríamos ruido y nos pusieron en una mesa junto a la cocina ¬¬, nos sentamos y nos pusimos a platicar tanto como su austeridad lo permite. No fue del todo una tarde perdida, pero sí tenía ganas de que viéramos la película, que yo terminé viendo en el early bird special el domingo en la mañana… ¡cómo hay gente el domingo en la mañana! Hasta parece que regalan los boletos.

En otras noticias, que a nadie le interesan, he pasado de 32B a 32C. Quien no sepa interpretar este código necesita urgente educación. Y no es por punkipuntos, como Fonema lo propuso.

 

Hobbit

Hace años pertenecí a dos grupos de rol diferentes, sin conexión entre sí. Eran divertidos, aunque yo nunca me lo tomé muy en serio.

En fin, esos dos grupos tenían algo en común para mí: una persona de cada grupo me llamaba Hobbit. Lo curioso de eso era que el que una me dijera así no me molestaba y la otra me parecía irritante al punto de pedirle que dejara de llamarme así ¿cuál era la diferencia? Muy sencillo, una lo decía con auténtico cariño y la otra con un cariño fingido que apenas era creíble.

Una de esas personas era amigo de mi hermana, la otra era mi mejor amiga ¿puede el lector adivinar quién era cuál?

Empezando de cero

Muchas de las cosas en nuestra vida no salen como quisiéramos que salieran y aprendemos a lidiar con esas pequeñas cosas que no son como nosotros pensamos.

Sin embargo, hay episodios en la vida que son devastadores. Que no entendemos porqué sucedieron… entendemos que metimos la pata, entendemos que algo estuvo mal en el camino, pero ¿en qué momento nos perdimos? ¿En qué momento la vida como la conocíamos cambió tan radicalmente? ¿Por qué nos sentimos mal? ¿Por qué nos despiertan nuestros propios sollozos en mitad de la noche? ¿Por qué nos molestamos a la menor provocación? ¿Por qué no podemos dormir?

No voy a reducir un sentimiento de profunda tristeza a las hormonas, a los ciclos, a que se debe a que uno tiene “días de esos”. Ese es un pensamiento muy reduccionista, convirtiéndose en un insulto, porque no solo somos química, somos más.

Ahora, la tristeza encalla en uno por diferentes razones. Hay factores hereditarios, hay factores ambientales, hay factores fisiológicos. Y hay combinaciones entre estos tres, de manera que la tristeza es muy personal. Y la manera de abordarla también.

He visto cómo las personas manejan su tristeza, hay quien reacciona con enojo, hay quien parece desubicado, hay quien no se levanta de la cama, hay quien llora, hay quien no duerme… hay quien se escinde. Esos son interesantes.

Partirse en dos para lidiar con la tristeza es casi psicótico ¿quién manda? ¿Nosotros o el alter ego? El asunto es que necesitamos ser uno solo para funcionar… no podemos ser dos al mismo tiempo, uno tiene que ganar ¿qué pasa con el perdedor? ¿Cómo logramos sobrevivir? Empezando de cero, supongo, cuando tu número se convierte en cero, es hora de empezar otra vez.

Tal vez se deba a mi edad, tal vez se deba al lugar donde estoy o a las personas que me rodean, -de ninguna manera es hormonal, como se han atrevido a suponer- pero es hora de empezar de cero, ahora que la canasta está vacía.

Un día de sol

Hace un par de fines de semana estaba con mis papás y unos amigos sentados en un porche comiendo chicharrón con guacamole. Como estábamos en un residencial, pues había más gente, entre otros, niños.

Yo siempre he mantenido que los niños no son mis criaturas favoritas. Esto es porque simplemente carezco de un chip que me permite entenderlos, no obstante, jamás he tenido problemas conviviendo con mis primos, por ejemplo: a algunos les llevo 16 años de edad… y tan amigos.
No estoy segura de porqué con unos niños me llevo bien y con otros no tanto, al grado de evitarlos, pero tengo una idea que no dudo esté cerca de la realidad.

Ese día, sentados en el porche, veíamos a los niños jugando. Yo no tengo problema con que los niños jueguen, me parece correcto que tomen una pelota y le den de patadas. Con lo que ya no estoy muy de acuerdo es que, pateando la pelota, la proyecten contra puertas y ventanas como lo estaban haciendo ese día. Díganme anticuada, pero ese comportamiento no me parece adecuado.
Todavía peor cuando esa pelota pasa a centímetros de la cabeza de mi papá y mucho más grave cuando casi cae en el guacamole. Esa segunda vez, yo caché la pelota y decidí que ya era suficiente. Si nadie se iba a inmutar por esto, yo sí. Así que, tomé la pelota y la aventé hacia dentro de la casa en la que estábamos. Yo no iba a devolver esa pelota hasta que me fuera porque no me da la gana que unos niños me peguen con ella.

Mis papás me vieron como si les hubiera quitado a ellos la pelota.

Al rato regresaron los niños, diciendo que su mamá (o papá, pero para efectos no importa) decía que les devolviéramos la pelota. Nunca oí un “perdón por molestarlos” o algo similar. Sin embargo sí se fueron a jugar a otra parte, lo cual fue muy bueno para mí.

¿Por qué no me agradan estos niños? Es muy simple: son unos maleducados y nadie como Whoopi Goldberg para explicar qué falló en la crianza de algunos niños y las consecuencias que acarrea.

De amistades

Hoy hablaba con uno de mis chicos… estaba algo triste. Me dijo con ojos aguaditos que en tiempos como el que él estaba viviendo se conoce a los amigos. Yo le contesté que sí, que solo en los momentos difíciles, de necesidad, es cuando sabes quién te quiere y quien no.

Mi mana, el domingo, le decía a un cuate “ella se rifó, cuando nadie me hablaba, a ella no le importó y me trató como siempre”.

Hay alguien en mi historia que dice que es mi amistá… ¿será? la verdad yo no sé. Sé ser amiga de otros, me falla saber si alguien es amigo mío o no. Supongo que ya el tiempo dirá, los amigos se conocen en la desgracia… y en la soledad.

El caso Aristegui

Hace unos días nos rasgamos las vestiduras por Top Gear.

La semana pasada MVS corrió a Carmen Aristegui por comentar una nota y preguntar abiertamente sobre la sospecha de alcoholismo del presidente. La compañera dijo que era mucho escándalo, que han sucedido cosas más graves en este país. Y es verdad, ha habido cosas mucho peores. La diferencia, como siempre, es la cobertura.

Yo no sé las razones de Carmen Aristegui para no haber dado declaraciones hasta el martes en la mañana en la Casa Lamm. Supongo que fue porque era puente y, como lo hizo con su editorial sobre la manta del congreso, no iba a dejar que lo que tenía que decir lo oyeran tres gatos. No. Que lo oyéramos todos, que lo esperáramos con ansias. Y así fue.

Pero hay otra cosa importante… quién dijo qué. Y no me refiero ni a MVS ni a Aristegui, sino a todos los de alrededor ¿quién es bocón, quién es valiente? ¿quién es fanfarrón y quién sí apuesta todo? ¿quién es amigo y quién está solo en la foto?

Ojalá Carmen no tenga que oír los noticieros para darse cuenta quién la aprecia y quién no.